| Entrevista a Germán Cano con motivo del Foro II. Lo que la evaluación silencia: servidumbres voluntarias. Por Marisa Álvarez y Miguel Ángel Alonso |
| Escrito por ELP Madrid |
| Viernes, 30 de Septiembre de 2011 16:40 |
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P- ¿Se puede establecer alguna relación entre la estructura de emplazamiento heideggeriana y los discursos evaluadores institucionales? R: Por supuesto, y estaría en relación con lo que he dicho antes. Jorge Alemán ha analizado con gran lucidez este desplazamiento dentro de la historia del nihilismo y en conexión con el discurso capitalista. Lo que añadió Heidegger al discurso nietzscheano en torno al nihilismo y la lógica de la voluntad de voluntad parece ajustarse como un guante a nuestra situación actual. Lo decisivo, creo, es, por un lado, complementar este diagnóstico con el análisis marxiano acerca del fetichismo de la mercancía y, por otro, destacar cómo esta racionalidad evaluativa, a pesar de todas sus soflamas y retóricas, es intrínsecamente nihilista, esto es, no cree en nada, sólo destruye en medio de una fuga sin sentido hacia adelante: esta productividad por la productividad no es sino el eterno retorno del mismo vacío. Se trata de una movilización insaciable que sólo puede entender sus fracasos como acicates para una autoafirmación posterior: esto es lo terrible. P- “La excelencia” es un significante que figura en muchos protocolos de evaluación y que se impone en todos los ámbitos, pero particularmente en la educación, como por ejemplo el bachillerato excelente. ¿No es una manera de imponer una frontera insalvable entre triunfadores y derrotados, entre élites y ejércitos de desinsertados y excluidos? R: Sí, hoy la “excelencia” es la palabra fetiche que esgrime el discurso “cultivado” de la derecha con una mano mientras que con la otra, la neoliberal, legitima el vaciamiento de sentido, la precarización existencial y la desertización de los universos simbólicos sociales. Aquí vemos cómo el viejo tema del resentimiento de las masas –esos niños barriobajeros que no quieren estudiar y entorpecen la carrera de los más aptos, perdón, los más listos- sirve para engrasar la lógica del mercado. Acabo de oír a Esperanza Aguirre en la radio y lo ha dicho sin ambages, porque ella es así, tan natural y campechana: del mismo modo que -la parafraseo- Rafa Nadal ha llegado a ser un “crack” porque desde pequeñito ha recibido un “entrenamiento” especial y singular, no podemos ignorar que nuestros “cracks” del futuro dependerán de esta educación especial y personalizada respecto a sus competencias. Independientemente del elocuente valor metafórico de la comparación –la educación no es otra cosa, según la “presidenta”, que rendimiento deportivo y producción de “cracks” (me imagino que no pensará en los económicos)-, llama la atención que la Comunidad de Madrid, que ha reducido el presupuesto educativo en los últimos tiempos de forma sangrante, insista en que el problema social de la educación, de una complejidad supina, se reduce a una cuestión de “excelencia”… deportiva. P- Hay muchas voces, en la cultura, en el pensamiento, en el psicoanálisis, que se levantan contra el consentimiento generalizado en todos los ámbitos. Invitan al despertar, a salir de la autocondena, a abandonar la indiferencia. Hablan de la necesidad de respuestas colectivas, de la necesidad de recuperar la política. Sin embargo parece muy difícil rebelarse… R: Sí, es muy difícil, pero, ¿por qué? Se trata de un tema clásico: ¿por qué los hombres luchan por su servidumbre como si fuera su liberación? Observo entre mis alumnos, por ejemplo, a chicos y chicas que no tienen ningún futuro, precarizados, humillados y a la vez resistentes a politizarse porque, según me cuentan, sólo entienden por “política” las bajezas y miserias de nuestra clase gobernante, un mundo que nada tiene que decirles. No tienen nada que perder salvo sus cadenas, podríamos decir con Marx, ¿no? Pero no estiman suficientemente su frustración y precariedad como una posible energía de protesta, quizá porque viven su realidad excesivamente desde una ficción imaginaria, como de suspensión respecto a su realidad material concreta. Tengo la sensación de que lo que aquí falta es la posibilidad de ligar la indignación, la negatividad con una cartografía política de la situación, como si brillara por su ausencia la capacidad de dar sentido político al dolor cotidiano. Esa trama estética y afectiva que existía en generaciones anteriores como condición de politización no existe. Creo que en este escenario la exclusión del psicoanálisis es sintomática, porque hoy, desde una suerte de “mala fe” sartreana, la vía hacia la identidad impone alcanzar interiormente lo que ya nos es dado desde el exterior. A diferencia de lo que proponía Freud, se trata de sublimar de forma subjetiva las determinaciones que inevitablemente nos corresponden según la objetividad social. Como señala Marcel Gauchet, lo que antes eran características privadas (étnicas, religiosas, genéticas o lúdicas) dentro del pluralismo democrático del Estado, que se trascendían para acceder a la actividad política, ahora son el contenido exclusivo de cualquier política y el título de legitimidad para intervenir en ella. La heterogeneidad de lo particular se convierte en una yuxtaposición de incomunicables homogeneidades, que sólo reclaman de las instituciones públicas la garantía de su derecho a no dejar de ser lo que son y tal como lo son.
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