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Escuela Lacaniana de Psicoanálisis del Campo Freudiano
20 de mayo
El legado de Freud
Escrito por ELP Madrid   
Viernes, 11 de Noviembre de 2011 11:43

Esta captación de la Ley en su raíz pulsional, anticipa en Freud, el verdadero sentido que tiene lo que actualmente los sociólogos llaman “El declive del programa institucional”. El relato que se nos presenta para describir este declive es el siguiente: existió en la modernidad un programa institucional ocupado de tratar y educar a los otros, a través de escuelas, hospitales, iglesias, centros de formación, etc. Este programa tenía como misión fundamental transmitir a cada uno los valores universales que garantizaran la socialización y subjetivación de los seres parlantes. Desde hace treinta años el programa institucional entra en una implosión acelerada, y el carácter supuestamente homogéneo que sostenía con su racionalidad al programa, se desmembra, se fragmenta, entra en procesos de hibridación, donde pierden su aura las autoridades simbólicas: enfermos, médicos, alumnos, profesores entran en hibridación con corporaciones privadas que adquieren una coloración sádica tanto victimista como victimaria. Pero sería un error ver en esta efectiva destitución de las autoridades simbólicas un debilitamiento del Superyó. El hundimiento de la ficción simbólica moderna que sostenía la orientación del aparato institucional ha trabajado más bien a favor del empuje superyoico. Si el Superyó, como afirma Freud en el “Yo y el ello” es el monumento que conmemora nuestra primera debilidad y dependencia, la arquitectónica del programa institucional, los edificios que en la ciudad se adornan con la estética de la Ley, ya llevaban en su propio ornamento la huella del exceso superyoico. Esos santuarios de la Ley albergaban entre sus paredes una burocracia caprichosa y, a veces, disparatada. La llamada declinación del Padre, donde podríamos incluir el declive del programa institucional es absolutamente compatible con la vocación gozante del Superyó. Es lo que explica que todas esas instituciones que ahora parecen perder su legitimidad, sin embargo han aumentado considerablemente su poder. Pero las causas no han sido ni la postmodernidad ni el capitalismo global; en la manzana moderna de la institución habitaba el gusano del Superyó, que ahora sí, irrumpe en este tiempo histórico con toda su fuerza parasitaria. Por ello podríamos decir que el programa institucional encarna en la ciudad aquello presente en la estructura del inconsciente y que provoca en Freud esta versión política del hombre común, versión que puede valer como una descripción también de las instituciones: el hombre común es siempre más moral e inmoral de lo que él mismo cree, siempre habla por encima de sus posibilidades, y es hipócrita de modo estructural frente a las exigencias de la Civilización. De este modo, la verdadera fuerza conservadora, lo que impide la transformación radical, lo que en suma sostiene la hegemonía cultural del capitalismo tardío, no está solo en los aparatos ideológicos, ni en las técnicas disciplinarias, ni en la extensión sin límites de las redes de las mercancías. Todo esto ciertamente cumple su función, pero sería insuficiente, si no se entendiera gracias a Freud, que una civilización siempre se sostiene de un modo esencial en la propia constitución turbulenta de un sujeto. En el hecho de que la Ley, encuentra su raíz en la pulsión, es donde aparece el verdadero enemigo de una política radical, es en “Pegan a un niño” donde se podrá encontrar la clave por la cual ciertas civilizaciones han sobrevivido a pesar de la hostilidad de las grandes masas que la sostenían. La explotación encuentra su mejor aliado en el masoquismo moral, esta es la anticipación freudiana, y por esto, el mismo obstáculo presente en transformar una civilización es el que también se nos presenta en la cura. En esto el sujeto freudiano es lo mismo que la civilización, la oscura satisfacción del Superyó, el castigo por la deuda y la culpa, la irreductibilidad del Mal, constituyen la inercia que en una misma topología reúnen al sujeto con la Ciudad. En la anticipación de Freud, el Superyó es una pulsión disfrazada de Ley que impide concebir la utopía de una sociedad por fin acorde con el interés general de los ciudadanos. Ni siquiera el consenso democrático logrará neutralizar la repetición sin sentido de un goce inútil. Las agotadoras transacciones y negociaciones con la Ley, los esfuerzos políticos e intelectuales se reabsorben cada vez más en la infelicidad de su ambivalencia, mientras la Ley se recrea con los esfuerzos del propio sujeto. Al final del camino, el intelectual es un infeliz, que ha trabajado para una Ley feliz, cruel y vengativa incluso con él mismo. Como esas criaturas borgianas, sean apócrifas o verdaderas, desde John Wilkins a Pierre Menard, desde Raimon Llul a Funes, que una vez que han querido por su vocación, llevar hasta las últimas consecuencias el proyecto de la Razón, ven de pronto surgir en la propia intimidad del concepto algo que realiza un estrago, que se sale de quicio, una locura producida por el propio funcionamiento lógico, donde las armonías y simetrías de las clasificaciones se dislocan y devoran a su autor o le revelan su carácter irrisorio y mortal. Por esta pendiente, es comprensible que la Burguesía para intentar liberarse del estrago del Superyó, se haya propuesto durante un tiempo al menos conectar la acumulación de plusvalía con el disfrute del Arte como un fin “en si mismo”, de tal forma que se hiciera patente el carácter sublimatorio de esa satisfacción. De hecho, aunque la modernidad ya este modulada por la condición postmoderna, muchas de las contradicciones que actualmente insisten no son otra cosa que el resultado de las tensiones lógicas entre las exigencias homogeneizantes  del Capital y las tradiciones jerárquicas burguesas. Dicho todo esto, una vez más se podría afirmar que la anticipación freudiana es pesimista, tarde o temprano cualquiera sea el tiempo histórico de una civilización, la Ley mostrará su tosco despotismo, el que impone exigencias que superan la capacidad de obedecer. Pero hay que subrayar que en el legado político de Freud, en esa ambivalencia con la Ley, no hay sólo pesimismo. Al fin y al cabo, si la Ley fuera trascendente y desinteresada como pretende ser, si su armamento institucional constituyera de verdad una autoridad genuina y legitima, entonces sí, ya no habría más política que la que se hace a través de la negociación y transacción con la Ley, y esa política, como lo llegó en su día a afirmar Lacan, puede siempre culminar en la policía. Si hay una oportunidad política, precisamente tiene su punto de partida en que Freud al mostrar el reverso obsceno de la Ley le arrebata su trascendencia y legitimidad, para en cambio mostrar su precariedad y contingencia histórica. Si en el logocentrismo de la Ley se esconde el plus de goce de la pulsión, se presentan entonces los resquicios, las fisuras, las condiciones de la apertura a la invención política. Una vez más lo que le otorga al Poder su permanencia es lo que constituye la posibilidad de su derogación. Por ello Freud, que nunca nombró cual sería la civilización más pertinente para el ser parlante, sí en cambio pudo sostener que si la misma se soporta exclusivamente en la satisfacción de una minoría, y no le ofrece a las mayorías con qué recursos enfrentar las exigencias de la pulsión, esa civilización se vuelve insostenible. Como lo afirma en el “Porvenir de una ilusión” “una civilización así ni tiene ni merece la expectativa de una existencia duradera” (cita literal). Es verdad que Freud siempre señaló el carácter fantasmático de cualquier utopía totalizante, sin embargo, pensaba que una civilización no siempre merecía ser sostenida a cualquier precio. A esta posición el propio Lacan le rinde su homenaje cuando afirma en la “Dirección de la Cura”: ¿Quién ha protestado como ese hombre de gabinete contra el acaparamiento del goce por aquéllos que acumulan sobre los hombros de los demás las cargas de la necesidad?

Este es un principio de explotación esclarecido por el psicoanálisis, tan importante como la moderna extracción de plusvalía. De lo que se despoja a las multitudes es de la posibilidad de hacer la experiencia inconsciente del vacío de la Cosa, que el Superyó colma con su circularidad pulsional. Las nuevas identidades construidas ahora según los modos de gozar, dan ejemplo sobre esta cuestión. Por otra parte, las apelaciones de los filósofos contemporáneos a la estética de la existencia, a los relatos irónicos de uno mismo, las llamadas a darnos nuestra propia identidad en un uso de los placeres, son aún prefreudianas; las mismas siguen confinadas, a veces de un modo más sutil que otro, en la oposición Poder-Expresión que antes mencionamos y que, como señalamos, Freud había desmontado.

En uno de los estudios sobre el “Yo y el ello”, Freud establece la diferencia entre la melancolía y la obsesión a la luz de la exigencia superyoica. Mientras en la obsesión el Yo esta muy próximo a las fijaciones pulsionales que amenazan con contaminarlo, en la melancolía en cambio el Yo ha sido ganado definitivamente por la libido y se ha vuelto indigno de vivir. De este modo Freud hace ingresar a la vida como una categoría política que la Modernidad nunca supo discernir. La vida solo es soportable si se inventa una relación nueva con el Superyó, si logramos transformar la lógica amorosa que sostiene al Superyó, al pasar por la gramática pulsional del inconsciente. En definitiva si en cada uno se inventa una Ley que desmonte el artilugio del Superyó. “Hombre con días de fiesta y luto propios” afirmaba Nietzsche y la obra de Freud es una respuesta. El psicoanálisis en su experiencia es el custodio de este enigma político ¿Es posible o no transformar la relación con la Ley a favor de una Causa distinta al mandato superyoico? ¿Es el No-Todo propio de la lógica femenina una respuesta al carácter mortificante de la Ley? La invocación tan permanente en la filosofía contemporánea a un Dios que por fin quiere amigos y no siervos, un Dios hospitalario que no busque culpables, un Otro que siempre reserve un lugar para lo singular, ¿No es la forma teórica que esconde una demanda ingenua dirigida al Superyó para que afloje su tenaza? Dioses que no desean encontrarnos culpables, textos indecidibles y abiertos a las lecturas infinitas, “cuidados de sí” sabios que administran el gobierno de uno mismo, aperturas al Otro, construcciones de identidades desprovistas de coersión, relatos irónicos, acontecimientos que se librarían de la repetición. Todos estos filosofemas, muestran que la filosofía contemporánea es un mensaje destinado al Superyó y el siglo XX, lo sepa o no, es una indagación sobre la subjetividad masoquista y sus coartadas espirituales. He aquí, presentado en su carácter más extremo el legado de Freud. Mientras, la cultura del siglo XXI parece preferir que haya psicoanálisis y no psicoanalistas, dicho de otro modo, que Freud sea un texto más de la industria cultural mientras se investiga el soporte neuronal de la ética y de todos los impulsos humanos, investigación científica que intenta en vano postergar al Superyó, borrando la frontera entre el animal y el ser parlante. ¿Alguien podrá imaginar qué nuevos imperativos se preparan si esa frontera es definitivamente borrada? Estos itinerarios actuales tal vez expliquen por qué Jacques Lacan, en el momento más culminante de su reconocimiento como pensador contemporáneo pronosticaba un porvenir incierto para el psicoanálisis; él sabia que transformar a Freud en una causa diferente a lo producido por la lógica del malestar en la civilización, era disponer de una apuesta mayor que no es fácil asegurar que los propios psicoanalistas dispongan de recursos para sostenerla.

El enigma político de la Ley, anticipado por Freud y  que los psicoanalistas aún custodian gracias a Lacan, ¿tendrá armas suficientes frente a la arrogancia compulsiva del Poder?

Jorge Alemán

* Intervención en el V Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, Roma, Julio 13 al 17de 2006

 

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