ELP Madrid.org
Escuela Lacaniana de Psicoanálisis del Campo Freudiano
20 de mayo
Encuentros de psicoanálisis en lengua castellana
Escrito por ELP Madrid   
Martes, 12 de Julio de 2011 15:57

Vilma Coccoz: Encuentro es una bella palabra, plena de un inmenso poder de evocación. Quizás nuestra historia, es decir, la vida de cada uno de nosotros, podría ordenarse en una serie de encuentros que orientaron nuestro camino por tomar el valor de una encrucijada, al Algunos encuentros se convierten en un desvío; otros, en la señal de un horizonte nuevo. Hay encuentros esperados, inevitables, determinados, traumáticos, felices, azarosos… Este primer encuentro de Psicoanálisis en lengua castellana nos parecía necesario. La historia del Psicoanálisis es compleja, se ha ido forjando en distintos países, diferentes lenguas y con el trabajo incesante de un montón de personas. También esa historia es una espiral de encuentros, algunos fructíferos, otros malogrados, algunos celebrados, otros olvidados.

El hecho mismo de psicoanalizarse depende de un buen encuentro, que sin duda, deja huella en la historia de cada uno. Por eso es preciso tener en cuenta que la historia no es el pasado. Hay personas que creen aún que un psicoanálisis debe ser algo aburrido, tedioso, pasado de moda: ¡tumbarse en un diván para hablar de los recuerdos de la infancia, de mamá y de papá! Ciertamente, si sólo fuera eso, un relato, no tendría mucho interés.

Un Psicoanálisis es una experiencia inédita de discurso, es hablar a Otro que responde de una manera particular, el psicoanalista. Y, gracias a esta respuesta, cambia nuestro modo de hablar, nuestra relación con las palabras. Porque, al admitir la presencia del inconsciente en ellas, en las palabras, en lo que no sabemos que decimos, nuestra existencia está comprometida. Tan singular es la manera de responder del psicoanalista que, gracias a eso, llega un día en que uno ya no necesita hablarle.

Pero, para llegar a ese punto han de producirse muchos encuentros, a veces varios por semana, durante años, en los que el que hace la experiencia, el analizante, habla de las imposibilidades de obtener los encuentros que anhela, de la repetición de lo que quería evitar encontrar, de la decepción por aquello que encontró… El analizante habla y, en su decir, tropieza con las palabras en las que ha aprendido a nombrar “sus necesidades más humildes”. Descubre que su ser es una amalgama de las palabras que padece y de las que goza, de las que muchas veces se espanta y de las muchas otras, se sorprende. Palabras que espera o rechaza, palabras que le aprisionan o le liberan. Palabras que encontró, palabras que conservó, palabras que olvidó. En fin, descubre que su decir y sus silencios le asignan un lugar en el mundo diferente de aquél que se imagina merecer, del que vanamente se empeña en alcanzar como un Ideal del yo que le cautiva y le enajena. En palabras de Cervantes, descubre que “en estas materias nunca tropieza la lengua si no cae primero la intención”. Con la salvedad de que, dicha intención toma la forma de un enigma: ¿qué quiere decir mi inconsciente, qué quieren mis sueños, mis tropiezos?

Fue Sigmund Freud quien trazó las vías para descifrar el enigma de la intención desconocida que anima nuestras palabras y nuestros actos, esto es, el deseo inconsciente, a partir de los fallos, los lapsus, de la colisión y los encuentros entre las palabras de la lengua que cada uno habla.

En los años mozos de Freud, la lengua castellana hizo posible un encuentro curiosísimo con su gran amigo, Silberstein. En una carta memorable a López Ballesteros Freud confiesa a su traductor que aprendió nuestro idioma por el deseo de leer el inmortal Don Quijote en el original cervantino. Parece haber atendido, sin saberlo, a las razones que Don Quijote ofrece a Don Diego de Miranda, preocupado el hombre por el excesivo interés de su hijo por la Poesía y su correcta traducción:

“…el grande Homero no escribió en latín porque era griego, ni Virgilio escribió en griego porque era latino. En resolución: todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche y no fueron a buscar extranjeras para declarar la alteza de sus conceptos, y siendo esto así, razón sería que se extendiese esta costumbre por todas las naciones y que no se desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni aún el viscaíno que escribe en la suya.”

Freud y su colega Silberstein fundaron la Academia Española, sociedad cuyos únicos dos miembros tomaron los nombres del Coloquio de los perros: Don Berganza y Don Cipión. Fue la ocasión de entablar una relación epistolar en la que percibimos la intensidad única con la que Freud de entregaba a la amistad.

Al resguardo de curiosos e indiscretos, los adolescentes podían entenderse acerca de los temas esenciales de la vida que despiertan, fogosamente, en esos años.  A través de la “noble lengua castellana” Freud no escatima consejos a su amigo en asuntos del corazón, animándole en el coraje apasionado que requiere el amoroso encuentro:

“…tu encogimiento en materia de amores no apruebo. Es tu deber en esas circunstancias complacer a la señora L., no a esquivarla.”

En otro lugar su consejo se formula en estos versos:

Sin manos no puede agarrarse,

y sin pecho no puede abrazarse,

y sin ojos no mirarse

y ¡no amarse sin verdad!

En estas preciosas cartas descubrimos el germen del estilo freudiano,  a la vez que su enorme cultura, su alto sentido moral, su curiosidad insaciable, su mirada crítica, su sensatez y, sobre todo, la fina ironía que rezuman sus observaciones sobre la condición humana a cuya inteligencia habría de contribuir, más tarde, inventando el psicoanálisis. Todo ello vuelve apasionante la lectura de tales misivas. 

Sigmund Freud rubrica esas cartas con el nombre de Don Cipión, noble figura cervantina, precursora de un interlocutor peculiar llamado psicoanalista. En el Coloquio de los perros, Don Cipión y Don Berganza, maravillados ante el descubrimiento de que hablan, adoptan, sin embargo, posiciones diferentes en el diálogo: Don Berganza habla, cuenta su historia. Don Cipión escucha, y sólo interviene, discretamente, para permitir que el otro continúe su relato.

¿De qué habla Don Berganza?

El don de la palabra le empuja a reconstruir su historia, a hablar de sus padres, del lugar donde nació y donde dio los primeros pasos de su existencia perruna. Después, pasará revista a las experiencias vividas en una serie de encuentros signados por la búsqueda de un lugar adecuado en el mundo, un lugar perseguido desde su Ideal del yo de perro, siempre intentando ser amable para su amo.  Acaba, sin embargo, defraudado, empujado a marcharse a otra parte con la esperanza vana de un futuro encuentro feliz. Así pasa por la servidumbre a diferentes amos, en una amarga repetición de hallazgos y decepciones. La contradicción entre “sus ideas” de lo que debería ser la relación entre el amo y el perro y la realidad con la que se encuentra le conducen a la denuncia, a la acusación, a la murmuración.

Don Cipión interviene, indicándole, hábilmente, que no es ése el camino de su palabra, le hace ver que “el infierno (no) son los otros”.

Habrá que esperar tres siglos para que la intuición de Cervantes se revele a Freud como una evidencia: el infierno que nos habita y nos hace tan desgraciados está causado por el veneno del lenguaje, el mismo en cuyo seno podemos encontrar el remedio. Sigmund Freud, Cervantes, Don Cipión nos indican el camino:

Vete a la lengua, que en ella consisten los mayores daños de la humana vida.”

Vilma Coccoz

 

Institucional

Biblioteca