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Presentación de Libros
"Votos de Riqueza"
¿Qué representamos hoy?
Votos de riqueza es a todas luces un libro denso, trabajoso, difícil, tal vez apresurado aquí o allá, tal vez oscuro e incluso injusto. Quizás debería darme por contento con sacarlo de la clandestinidad, de esa zona de riesgo de los llamados Worst-seller. Lejos de esta modestia, lo peor de todo es que mi libro pretende encima mantener una relación con la verdad, con esa verdad que sólo acaece en la crisis del saber y que, por tanto -dado que "se pierde en la medida en que se encuentra"- apenas puede formularse de manera estable y positiva. Luchando contra sus propios defectos, Votos de riqueza intenta organizar en voz alta esa tétrica versión del mundo que a veces nos confesamos en voz baja, en solitarios momentos de cansancio o a las tres de la madrugada, cuando los pocos testigos que quedan son de confianza.
Todo muy modesto, y sencillo, como pueden ver. Con el estilo entre desenvuelto y trabado que me caracteriza, este libro tiene aproximadamente la pretensión de escarbar en lo que pueda ser, bajo el simulacro de la alternancia ideológica, lo que algunos sufren como nuestro integrismo, este flamante poder democrático, erizado de barras y estrellas, que nos hacen brutales y odiosos para la inmensa mayoría de los seres humanos. Hablamos tranquilamente de "opinión pública mundial" olvidando que lo nuestro es una pequeña y rara secta entre los pueblos de la tierra.
Votos de riqueza investiga al pie de la crisis de la Postmodernidad y su "fin de la Historia". El libro fue tejido al calor de lo que se llama el "choque de las culturas", es decir, el trauma de nuestra cultura al comprobar que el mundo postcomunista no se rinde al espectáculo multicolor del consumo. Al comprobar que incluso el Muro nos protegía de un mundo en el que somos una patética y frágil minoría, aunque armada hasta los dientes. A la caída del "muro de Nueva York", digamos, volvimos a recordar que el Islam, Sudamérica, India, Rusia o China expresan un mapa político que no conocemos, una humanidad -incluso capitalista- sin odio a la tierra, sin esa "doctrina de la separación" que según Steiner marca la cabeza del Imperio.
Por mi parte, intenté mezclar el análisis con continuas incursiones -a veces humorísticas- en nuestra cultura de masas diaria, incluido el cine y la literatura. Entiende que la primera función del pensamiento es entristecer, poner en crisis la óntico y acompañar esa deriva. Precisamente porque han sido trabajados febrilmente por un intruso espero que en sus distintos capítulos -nuestro modo de odio, el uso del miedo, la publicidad, el tiempo regulado, el cuerpo sexuado, el espectáculo deportivo y juvenil, nuestra radiante arquitectura, el aura de los nuevos ídolos- se aporten unas relaciones que puedan interesar al lector, más allá de que comparta o no la óptica "despiadada" del autor. Y esto vale ante todo para los interesados en las nuevas formas de sufrimiento asociadas a la globalidad, al desarraigo que la acompaña. En efecto, el libro estudia, bajo las distintas ideologías, cuál es nuestra unidad sin alternativa, cuál es el dictado de la democracia real. Analiza el aislamiento -la separación individualizada de la Spaltung- como base del dispositivo mundial de la comunicación. En suma, qué permanece incuestionado bajo el dispositivo mundial de la información, la interpasividad que es previa a la interactividad.
No lejos de Marx, intenté desentrañar la infraestructura cultural que nos guía, que unifica nuestra famosa complejidad. Sólo que ahora -después de Nietzsche y Benjamin- pensando desde lo que quizás entonces era impensable, la comunidad episódica que crea la singularidad, lo que viene sin ser llamado y sin tampoco esperar reflejo en la narración histórica. ¿Qué es lo excluido, diría Foucault, para que la democracia liberal -o sea, el individualismo conectado- funcione como nuestra epistéme planetaria? El fantasma que recorre las afueras es la existencia común, la comunidad cualquiera. Lo excluido es la simple existencia mortal. Todos los otros temores oficiales -el inmigrante, el fumador, el musulmán fundamentalista, el sudaca, el negro, el ruso- son metáforas de ese odio nuclear, discreto y silencioso, a la vida elemental. La primera línea de nuestra violencia es esta aversión invisible, nada espectacular. Ella es la que da consistencia biopolítica a nuestra globalidad, inyectando un simulacro de vida en su flexibilidad cadavérica.
Y sin embargo persiste el pánico a la exterioridad, el terror a todo lo que no aparezca identificado, marcado. Cualquier pinchazo provocado por algo sin marcar tiene un posible efecto de depresurización en nuestra cabina artificial, igual que el efecto de un virus letal en la red informática. Todas las formas simples de independencia y comunidad -tabaco, alcohol, sexo, ocio, sol, comida- han de ser satanizadas y castigadas. Para que el orden del consumo funcione, cada hombre ha de tener dentro de sí un Tercer Mundo de peligros. Por cada posible alivio natural del individuo ha de caer una maldición social correspondiente, una amenaza que sólo la técnica puede conjurar: el sexo es amenazado por el sida; la pareja, por el maltrato; el sol, por el cambio climático; el tabaco, con el cáncer; la comida, por la obesidad o el colesterol... Pero todos estos temores se pueden concentrar en uno. La religión de la circulación, del reemplazo perpetuo -que debe hacer dividual al mismo individuo-, supone un pánico cerval a todo lo que sea reposo o parada. El estrés nos protege del "tiempo muerto" de la existencia. Fíjense que el género de terror casi siempre comienza por un accidente que detiene la marcha en el que estamos instalados. Desconfiamos de todo lo que no esté fijado por la velocidad numerada.
¿Qué significa que el poder actual, a diferencia del antiguo, sea deslizante y funcione con una geometría variable? Que por todas partes se produce una especie de transferencia perversa de la existencia a lo social -de la verdad al saber. Está prohibido desconectar del relevo infinito del consenso: la conexión es nuestra idea fija. Asistimos así a lo que podríamos llamar el fin de la errancia, de lo que Nietzsche llamaba devenir. Todo el mundo -mujeres, gallegos, gitanos, judíos- quiere una identidad biopolítica que le salve de la esencia del devenir, de ese real imposible de racionalizar. Hasta el estatuto del inconsciente se ha visto en entredicho por esta especie de catolicismo social que ha venido del Norte.
Votos de riqueza persigue el envés de nuestro mundo radiante, lo que oculta esta fluida dialéctica "global" entre el mercado del malestar y el estado del bienestar, entre el desarraigo y la reidentificación, el temor y la seguridad, el paro y el pleno empleo, el secreto privado y el estruendo público. Quise poner a prueba la existencia, ver qué queda de ella si ponemos entre paréntesis -en una suerte de epojé- todo lo que consideramos intocable, la sociedad, el progreso, la democracia, las tecnologías de moda... ¿Qué queda al otro lado? Reaparece una vida que sólo necesita de la muerte para sobrevivir, una "tecnología punta" que se limita a invertir la finitud. Vencer el mal abrazándolo: una vieja historia. Aprender a convivir con lo trágico es compatible, en el fondo, con la jovialidad nietzscheana y no creo que sea algo ajeno a la idea estoico-lacaniana de una cura que consiste en empuñar el dolor. Darle forma a lo irreparable de la perdición como única vía posible de "salvación". Convertir el accidente en monumento duradero: como ven, lo peor de mi libro es cuando se pone afirmativo.
Sin dejar de ser agresivo políticamente, este libro no hace la crítica del consumismo en nombre de ningún modelo realizado en la Historia, un idílico pasado rural, la posibilidad de otro socialismo. Sin rechazar nada de eso, se intenta pensar en una existencia que precisamente en su mudez, en su carencia de metalenguaje y reflejo histórico, sigue siendo la única referencia posible capaz de vincularnos bajo las distintas procedencias culturales. Digamos que Votos de riqueza está hecho desde el compromiso con el absoluto sin concepto que late tras las distintas relatividades históricas. Lo cual, en este libro, incluye el compromiso con el presente y las líneas de fuerza mundiales. Se critica el orden político y cultural de Occidente por su perfección, por su acabamiento metafísico en la separación -del "uno a uno" de la existencia-, no por sus insuficiencias parciales.
Tengo que decirlo ahora: enfermé al escribir este libro. Adelgacé hasta extremos preocupantes, me tensé, me consumí. Finalmente, perdí la voz. Una amiga psicoanalista, con la mezcla de ternura y crueldad que les caracteriza, me espetó: ¿qué querías callar, qué debías ocultar? A pesar de su buena voluntad, no era tanto lo que había callado como lo que había dicho. Echadle un ojo a esas páginas, por favor, a ese intento de deconstruir la religión social triunfante hasta el extremo del desamparo. Hasta encontrar un referente en la "caída" de todo referente particular, positivo.
Aún después de dos años, una vez publicado, este libro parece modificar mi entorno personal. Como dice el refrán, los amigos se conocen cuando hay dificultades. Mis amigos creen que me conocen. Por supuesto, creen también que se conocen, que ya han llegado -¿para qué han pasado tantos años de esfuerzos y polémicas? En general, mi entorno se contenta con estar contra "la derecha". Cuando la tesis central de este libro -que sin embargo salió de ellos- es que la alternancia de escándalo y normalización, de izquierda alternativa y derecha conservadora, de Europa y EEUU, es el arma letal que cierra las filas de Occidente sobre las espaldas de los otros, esa multitud abigarrada de atrasados que dejamos fuera del azulado desarrollo, esa vida que languidece bajo la empresa de la identidad.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 27 de febrero de 2008
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