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Roberto Bolaño y Martín Kohan
Dos aproximaciones al real de la violencia y la muerte
Esta intervención se realizó en la sede de Madrid de la ELP, en el Espacio organizado para trabajar el tema del Encuentro Internacional de 2010 “Síntoma y semblante”, en una reunión convocada en torno al tema “semblante y ficción”.
La ficción es una forma del semblante que puede permitir que se revele el medio-decir de la verdad. G. Wajcman, en su texto El arte, el psicoanálisis, el siglo, plantea que la obra de arte, que es múltiple y no totalizable, tiene una función de transmisión. En la medida que lo universal sólo se revela en lo singular, la verdad no surge sino en un objeto que, en su artículo, es la obra de arte. La verdad, que se da en una discontinuidad esencial, se puede pensar como no-toda. La obra de arte, que transmite la verdad, sería entonces como una revelación del no-todo.
Voy a aprovechar esta invitación para exponer una cuestión en la que he estado pensando a lo largo de los últimos meses. En el transcurso del verano pasado leí dos novelas que me gustaron y me impresionaron profundamente. Se trata de Dos veces junio, de Martín Kohan y de 2666, de Roberto Bolaño, dos autores sudamericanos (ésta es más una categoría sociopolítica que geográfica), que abordan el real del sexo, la violencia y la muerte, en distintas coyunturas de la historia reciente o actual de América latina. Ambos pertenecen a lo que Bolaño llama “la generación perdida”, la de quienes vivieron las épocas más duras de la política en sus países, y sufrieron la muerte o la desaparición de sus compañeros a lo largo y ancho del continente. Esto ocurrió bajo la égida del Plan Cóndor, el plan militar y político organizado por EEUU junto con los militares golpistas latinoamericanos. Con su obra ambos intentan elaborar estas experiencias y dar cuenta de ellas.
Martín Kohan narra una historia que muestra el horror de la dictadura argentina, Roberto Bolaño escribe una novela en torno a los asesinatos de mujeres en el desierto de Sonora, Méjico.
Cada uno aborda la forma más despiadada de este real (la violación, la tortura, el asesinato), de una manera muy distinta. Partiendo de la idea de que ambos intentan conmover al lector, mi intención, en esta exposición, es tratar de dilucidar qué resorte toca cada uno en el que lee su obra.
M. Kohan comienza su libro así:
Cap. 1, Apartado I, “El cuaderno de notas estaba abierto, en medio de la mesa. Había una sola frase escrita en esas dos páginas que quedaban a la vista. Decía: “¿A partir de que edad se puede empesar a torturar a un niño?”
En el apartado V del segundo capítulo, después de que una prisionera diera a luz, supuestamente a ese niño, y tuviera que hacerse cargo de su propia higiene y de la del lugar donde se había realizado el parto, dice: “el Dr. Padilla recomendó, ante todo para evitar un mal momento a los interesados, que nadie hiciera uso de la detenida hasta tanto no pasaran unos treinta días desde el alumbramiento. Aclaró que a sus palabras había que tomarlas como una recomendación general, pero que luego cada uno era dueño de su vida.”
En el apartado VII del mismo capítulo, dice: “El Dr. Padilla aclaró que el trato rectal con la detenida no debía traer consecuencias negativas, siempre y cuando se prescindiera en lo posible de efectuar movimientos demasiado bruscos. En esta clase de movimientos, sin embargo, radicaba el mayor interés de los muchos que la buscaban”.
El libro comienza en junio de 1978 y va a mostrar que a pocos metros del lugar donde se celebraban los partidos de futbol que llevarían a Argentina a ganar la copa del mundo había un enorme campo de detención y tortura (la ESMA), supuestamente desconocido para la población y la prensa que asistía a los eventos deportivos.
El relato alterna la primera y la tercera persona, más el impersonal de la macabra nota que, de entrada, muestra el tono del libro (“¿a que edad se puede…?”).
El que habla en primera persona es un conscripto (un muchacho que está haciendo la mili), que hace de chofer de un médico que trabaja para los militares en los campos de detenidos. Este personaje vive frente al horror desconociéndolo y justificándolo a la vez, representa a la sociedad que no quiere saber nada aunque oiga los gritos aterradores.
Los dos junios del título dan cuenta, en paralelo, del momento de apogeo de la dictadura y su caída y del nacimiento y el destino del niño que iba a ser torturado en las primeras líneas.
2666 es una obra póstuma, magna, excelente.
Yo sabía de su existencia antes de ser lectora de Bolaño, justamente a raíz de los crímenes de Ciudad Juarez, en tanto es una de las personas del mundo de la cultura que quiso ocuparse de ese espeluznante asunto.
Como dice Peter Elmore, en su artículo 2666: la autoría en el tiempo del límite, publicado en el libro Bolaño salvaje: “Vasto fresco narrativo compuesto de cinco relatos interconectados por dos asuntos – el homicidio en serie y la pasión literaria -, este libro de libros conjuga el pathos apocalíptico con la reflexión sobre el lugar de la escritura y de sus oficiantes en la encrucijada posmoderna.”
Antes de morir, Bolaño dejó instrucciones para que los cinco capítulos de 2666 fueran publicados como libros independientes. Afortunadamente su amigo Ignacio Echevarría y su editor Jorge Herralde no le hicieron caso y publicaron esta obra que tiene más de 1100 páginas.
La escritura de Bolaño es muy peculiar, esto es especialmente notorio en sus novelas, él comienza a contar una historia que cautiva al lector, hasta que hace una elipsis que deja la historia inconclusa y lleva al lector a otra historia, igualmente apasionante.
Dentro de esta modalidad de escritura encontramos una particularidad en el capítulo titulado La parte de los crímenes. Podríamos decir que en este capítulo conviven dos tipos de texto, uno más poético que utiliza a lo largo de toda la novela y otro más descriptivo que aplica especialmente a los crímenes.
La parte más lírica hace pensar al lector, en muchas ocasiones, que está cerca del descubrimiento de algo: quién es el asesino, de qué trama se trata, etc. Pero eso no termina de ocurrir. A Bolaño le gustaban las novelas detectivescas, y su obra muchas veces tiene ese espíritu, llegó incluso a decir que la forma más o menos detectivesca es muy agradecida, en el sentido de que crea suspenso y da un desarrollo al relato. 2666 atrapa al lector desde la primera hasta la última página. A lo largo de la novela hay dos búsquedas paralelas, la de un famoso escritor a cuyo encuentro van unos profesores universitarios investigadores de su obra y la de los culpables de los crímenes. Ambas historias confluyen cuando se va descubriendo la relación entre Archimboldi, el escritor famoso y un detenido, supuesto asesino en serie responsable de los crímenes, encarcelado en la imaginaria ciudad de Sta. Teresa.
En La parte de los crímenes Bolaño no quiere resolver mediante la ficción los asesinatos que sistemáticamente quedan sin resolver. Él muestra cómo se mata impunemente a mujeres, como una metáfora del mal.
Bolaño se acerca al horror a su manera, no intenta representarlo: se transforma en un narrador objetivo, externo, que describe, uno tras otro, los asesinatos con el tono neutro de un informe policial. A su vez, da lugar a las voces de distintos personajes, los informes aparecen en medio de los relatos sobre la gente que vive o pasa por Sta. Teresa. Éstos se suceden, pero nunca aclaran ni dan sentido a las muertes.
Así comienza este capítulo: “La muerta apareció en un pequeño descampado en la colonia Las Flores. Vestía camiseta blanca de manga larga y falda de color amarillo hasta las rodillas, de una talla superior. Unos niños que jugaban en el descampado la encontraron y dieron aviso a sus padres……Las mujeres, vistas de lejos parecían viejas, pero no lo eran. Delante de ellas yacía el cadáver. Sin interrumpirlas, el policía volvió tras sus pasos y con gestos llamó a su compañero que lo esperaba fumando en el interior del coche. Luego ambos regresaron hacia donde estaban las mujeres y se quedaron de pie junto a éstas observando el cadáver. El que tenía la pistola desenfundada les preguntó si la conocían. No, señor, dijo una de las mujeres. Nunca la habíamos visto. Esta criatura no es de aquí. / Esto ocurrió en 1993. En enero de 1993. A partir de esta muerta comenzaron a contarse los asesinatos de mujeres. Pero es probable que antes hubiera otras. La primera muerta se llamaba Esperanza Gómez Saldaña y tenía 13 años. Pero es probable que no fuera la primera muerta. Tal vez por comodidad, por ser la primera asesinada en el año 1993, ella encabeza la lista. Aunque seguramente en 1992 murieron otras. Otras que quedaron fuera de la lista o que jamás nadie las encontró, enterradas en fosas comunes en el desierto o esparcidas sus cenizas en medio de la noche, cuando ni el que siembra sabe en dónde, en qué lugar se encuentra.”
Podemos tomar otra descripción, situada en la mitad del capítulo, para mostrar cómo su tono tiene las mismas características: “El 15 de enero (de 1995) apareció la siguiente muerta. Se trataba de Claudia Pérez Millán. El cadáver fue encontrado en la calle Sahuaritos. La occisa vestía un suéter negro y tenía dos anillos de bisutería en cada mano, además de la argolla de compromiso. No llevaba falda ni bragas, aunque sí estaba calzada con unos zapatos de imitación de cuero, de color rojo y sin tacones. El cuerpo, que había sido violado y estrangulado, estaba envuelto en una cobija blanca, como si el asesino pensara trasladarlo a otro lugar y de pronto hubiera decidido, o las circunstancias lo hubieran obligado, a abandonarlo detrás de un contenedor de basura de la calle Sahuaritos. Claudia Pérez Millán tenía 21 años y vivía con su esposo y sus 2 hijos en la calle Marquesas, no lejos del lugar donde fue encontrado el cadáver.”
Sobre esta forma de contar que, según creo, Bolaño utiliza ex profeso en este capítulo, podemos señalar dos cuestiones:
1.- Las muertas, restos, objetos torturados y abandonados como basura, entre la basura en muchas ocasiones, son inscritas con un nombre. Él transforma esos objetos (a) en S1, S1, S1 y los pone en serie, serie que permite una contabilidad, una cronología y, además, da a las víctimas una identidad. Es como si con su escritura dibujara un cementerio para darles sepultura. Él escribe-inscribe el nombre de cada muerta dando así lugar a una segunda muerte: la que permite el significante, en este caso, el nombre que eterniza al sujeto más allá de la muerte del cuerpo, en la memoria de los otros y en algo fundamentalmente humano: la lápida que lo registra.
2.- La siguiente cuestión a señalar es que con esta escritura más bien objetiva, desadjetivada, desubjetivada, Bolaño logra acercarse al horror, sin hacernos partícipes del horror. ¿Por qué no participamos de la escena de horror?
Martín Kohan
Kohan, en sus obras, describe una escena perversa o señala el rasgo perverso de algún personaje (Dos veces junio, Ciencias morales, Segundos afuera). Él sabe mostrar una escena mínima con el detalle necesario, como para que el lector “la vea”. Así, su manera de relatar estas escenas o personajes produce a su vez un efecto perverso: divide al lector por la angustia.
La nota con que comienza Dos veces junio tiene una función apelativa, convoca a tomar una posición. De hecho es una nota cuyos destinatarios son los torturadores o sus asesores. Nada más comenzar el libro, el lector se ve comprometido con la escena, es invitado a tomar un lugar: del lado del niño, objeto de goce; del lado del torturador, el otro que entra en la escena con el goce sádico, haciéndose instrumento del goce del Otro; o del lado del que mira, que se vuelve cómplice.
Kohan convoca al lector en el horror de su fantasma.
Como bien indicara Freud en su texto Pegan a un niño, hay una matriz mínima del fantasma, su axioma. Éste constituye un resto simbólico vinculado a la falta de saber, por fuera de cualquier experiencia (traumática).
Lacan, en el Seminario XVII, plantea que este fantasma es una proposición que está sostenida en un sujeto dividido por el goce, donde el “tú me pegas”, excluido de la conciencia, constituye el vínculo con el goce. El sujeto recibe su propio mensaje en forma invertida: su propio goce bajo la forma del goce del Otro. El sujeto de la fantasía hace de la frase “pegan a un niño” el soporte de su fantasma: es a otro niño a quien pegan. Pero en realidad el sujeto queda dividido entre el goce de ser pegado y el goce de pegar.
La escena perversa que relata Kohan activa o actualiza, en el lector, la matriz fantasmática que describiera Freud: cada uno hace de las escenas perversas de Kohan el soporte de su propio fantasma. El axioma “pegan a un niño” se transforma en “violan/torturan a una mujer” y el sujeto lector contempla la escena sádica experimentando horror o rechazo a nivel consciente y goce en el cuerpo.
El Dr. Padilla, que aparece en el texto en tercera persona, en un sentido, representaría la ley, la versión oficial: se tortura para defender a la patria. Sin embargo, lo que muestra es un mundo sin ley, o un mundo donde la ley es el goce. Él no se opone al goce de los torturadores, los protege del “mal momento” que podrían pasar si la prisionera se muere. Él, por otra parte, no tiene ninguna autoridad, no prohíbe el “uso” de la mujer, sólo advierte que puede haber problemas, pero “cada uno es dueño de su vida” y, por lo tanto, de la vida de la prisionera. Su decir oscila entre la invitación y una leve interdicción. La víctima es violada y torturada no sólo para sacarle información sino para humillarla y gozar de ella. Ella es el verdadero objeto de goce, todavía vivo, y torturar al niño es una forma de seguir torturándola a ella. Todo ocurre en el presente o en el futuro inmediato.
El texto de Kohan, que se inscribe dentro de la tradición narrativa que se ocupa de estos temas, convoca al lector a la escena de goce, apelando al fantasma. Esta es su manera de tratar lo real por medio de la ficción literaria.
Roberto Bolaño
Bolaño, en su forma de relatar los crímenes, produce otro efecto. Su escritura, su tratamiento del horror por medio del lenguaje, es fría, objetiva, descriptiva. No hace presente el goce. El informe de tipo forense ofrece el mínimo rasgo singular que permite el paso de objeto basura a sujeto muerto. En el segundo ejemplo que he dado, dice: “Se trataba de Claudia Pérez Millán”, luego, “El cuerpo, que había sido violado y estrangulado, estaba envuelto en una cobija blanca…”. El cuerpo fue torturado pero él rescata al sujeto con su nombre. Hace la tarea que reclamaban las Madres de la Plaza de Mayo: digan dónde están para enterrarlos y ponerles una lápida, que es lo que se debe hacer con los seres humanos.
Bolaño muestra que la escritura trata lo que no tiene lógica, el sinsentido de la vida, el mal que no tiene fin. En ese sentido, Sta. Teresa y Sonora son el desierto, pero también tienen el valor metafórico de ser una tierra de nadie en una frontera sin ley. En otro nivel, son la concreción de la realidad más cruda e incomprensible, de la falta de valor de la vida ahí y más allá.
Pero él quiere enterrar a las víctimas fuera del desierto.
G. Wajcman, en el texto que comentaba al comienzo, dice que la película Shoah es la única de todas las que se han hecho que logra nombrar lo que tuvo lugar en Europa, el siglo pasado. Ésta realiza un acto fundador de nominación porque, en lugar de intentar interpretar, explicar o representar, la película nombra shoah (catástrofe, aniquilación, devastación), da un nombre imperecedero a lo innombrable. El acontecimiento, por su misma estructura, escapa a la historia o no es íntegramente historizable, sin embargo, el testimonio dice que eso tuvo lugar. Si la voz del testigo cesa, la verdad será silenciada. En el caso de Shoah, la cámara de gas, es el punto exacto de lo irrepresentable e innombrable, de lo real que no cesa de no inscribirse.
Podemos tomar esta idea de Wajcman, para tratar de pensar qué hace Bolaño. La suya no es la voz del testigo, sin embargo, él tampoco intenta explicar o representar los hechos. Con su escritura, figura y dice, es decir, toma la función del semblante, velando lo real; si bien, no se recrea al evocar el horror del acontecimiento. Él nombra, registra los datos de algo que ya pasó. Al acuñar lo simbólico de la muerte no inscrita, impide que la tenue huella de los crímenes se borre del todo. En el discurso que pronunció en Caracas, en ocasión de la entrega del premio Rómulo Gallegos, dice: “¿Entonces, qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso. Correr por el borde del precipicio: a un lado, el abismo sin fondo y al otro lado las caras que uno quiere, las sonrientes caras que uno quiere, y los libros, y los amigos, y la comida. Y aceptar esa evidencia aunque a veces nos pese más que la losa que cubre los restos de todos los escritores muertos. La literatura, como diría una folclórica andaluza, es un peligro”.
Su forma particular de asomarse al peligro del abismo, más que al horror del goce, es lo que hace que la lectura de 2666 incline al lector, no tanto del lado de su fantasma sino del lado del pensamiento. Bolaño apela a la posición subjetiva del lector. Éste puede aceptar el testimonio tendiendo la mano a Bolaño en el borde del abismo.
Graciela Sobral
Notas:
- El arte, el psicoanálisis, el siglo, de Gerald Wajcman, en Lacan: el escrito, la imagen, Ed. Siglo XXI, Méjico, 2001
- Dos veces junio, de Martín Kohan, Ed. Sudamericana, Bs.As., 2008
- 2666, de Roberrto Bolaño, Ed. Anagrama, Barcelona, 2008
- El reverso del psicoanálisis, Cap. IV, Verdad, hermana de goce; Ed. Paidós, Barcelona, 1992
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