Jacqueline Dhéret
 

 

EL TIEMPO DE LA DECISIÓN Y SUS CONSECUENCIAS

Gracias por vuestra invitación y por vuestra acogida, que son para mí un honor y una alegría. Perdonen mis titubeos y mi lentitud para expresarme en su lengua, que no me sería posible sin la ayuda de mi amiga Delia Steinmann, que ha traducido el texto de esta intervención.
Mi mandato como AE se terminó el año pasado y quisiera retomar un punto que concierne al tema que Jacques-Alain Miller ha propuesto para las próximas jornadas de la Escuela, el del Sujeto supuesto Saber: "Nuestro Sujeto supuesto Saber", anudándolo al debate que mantenemos actualmente en la Escuela de la Causa Freudiana, sobre el pase.
El final del análisis despeja las relaciones del sujeto con el Otro, hasta el punto de que éste sea destituído y que el SsS aparezca en su estructura lógica. Esto no se produce sin que haya para el AE, en el après coup de su nominación, efectos de rareza y de extrañeza. Esto se debe, creo, a la singularidad absoluta que el analista agrega a la Escuela, para introducir en ella más que una particularidad, un deseo que no puede compararse a ningún otro. Ahora bien, lo que se revela entonces como soledad, deshace la relación con la comunidad en la medida en que ese lazo reposaba sobre el ideal, para resurgir en el principio de un nuevo lazo social, de una nueva confianza.
En estos tiempos en los que la evaluación asedia la sociedad civil, vemos en qué medida el Pase ha contribuido a mantener abierta, viva, la cuestión de qué es un analista, precisamente porque no es el procedimiento de validación y de evaluación el que permite a la institución, salvo excepciones justificadas por el caso por caso, admitir a sus miembros. No hay un final por identificación o por sabiduría sino una responsabilidad, la de cada "uno", que sea Analista Practicante, Analista Miembro de la Escuela, o Analista de la Escuela, de renovar el psicoanálisis, lo que implica un consentimiento al real sin ley que gobierna la estructura.

Al inicio, está la transferencia...

que funciona en una relación con el Otro. El inconsciente, nos dice Lacan, es una elucubración de saber, que obedece a las leyes del lenguaje, las cuales someten al sujeto. El inconsciente está hecho de elementos significantes, lo que implica que el analizante aspire a la interpretación, que se supone podrá liberar el elemento reprimido que va a restablecer una continuidad.
Sin embargo, el sujeto no se manifiesta sino en las fallas de la lógica, en los quiebros del texto. Surge allí donde la lengua tropieza y es, por ello, un enigma que lleva en sí mismo al Otro, como lugar del saber y del reconocimiento.
Es el espejismo, nos dice Lacan en su Proposición de 67, el que asienta la posición del analista, a partir del momento en que decide no ser para otro más que un significante cualquiera.
En su Proposición sobre el Analista de la Escuela, Lacan dezplaza el punto de terminación del análisis freudiano, la roca de la castración, sobre la transferencia. La transferencia es necesaria para que la palabra tenga una eficacia, aunque la transferencia sea el principal obstáculo para que el analizante saque las consecuencias de lo que dice. Lacan agrega a esto que la puesta en función del Sujeto supuesto Saber depende siempre de un encuentro singular.
Estaba dispuesta, por mi parte, a darle muchas palabras a este Otro, al que yo suponía encubridor del código apto a descifrar mi inconsciente. Yo lo había confortado, alimentado, en una primera cura cuyos beneficios terapéuticos habían sido evidentes y bastante duraderos. No me había dado cuenta, no obstante, que mi confianza en el saber me hacía convocar a un Otro que se sustrae, con su correlato de "intimidación rechazante", como dice Lacan en Función y campo de la palabra y del lenguaje.
Al espejismo del SsS, responde el engaño que introduce el significante. La cura misma, cuando se orienta sólo por lo simbólico, puede contribuir a atar al sujeto femenino a un Otro inalcanzable, por el sesgo de lo que nunca responderá en él.
El afecto que se deduce de lo anterior es una cierta tristeza, una desolación propia de la neurosis, que no deja de convocar al acting-out, lo que se tradujo, entonces, por mi prematura partida de esta primera experiencia analítica.
Había conservado lo esencial, las raíces de mis preferencias, sobre las cuales debía descubrir en una segunda cura llevada hasta el Pase, que no habían hecho de mí solamente un ser ávido de simbólico.
Al comienzo hubo una intervención del analista, determinante para lo que iba a pasar después y de la cual ya hablé en el congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis en Comandatuba.
El establecimiento de la transferencia supone una maniobra, respecto a la defensa del neurótico, respecto al goce. Se trata de ligar al sujeto a un decir que lo compromete, para que el analista no se reduzca solamente al rasgo que lo ata al Otro, "el significante cualquiera".
He aquí la confesión de goce que la intervención del analista me permitió firmar, y que lo instaló desde entonces en el lugar de la pulsión silenciosa.
Evocaba un recuerdo de infancia, en el que la niña que yo fui, jugaba a hacer desaparecer lo que su padre se encarnizaba en conservar. En efecto, de regreso del campo donde había sido deportado, había mostrado durante muchos años, una relación angustiosa y exclusiva con la comida, almacenándola. La niña hacía desaparecer en el inodoro, las patatas, los guisantes, etc... atrayendo hacia sí la cólera del padre. Era una forma de suponer un deseo, a partir de un rasgo de goce que inquieta, lo que la analizante comentaba así : "¡Nos hacía recoger las migajas! ".
He aquí la intervención del analista : "Ud. se fue de su primera cura recogiendo las migajas", o sea una interpretación que hace caer una identificación, usando la lengua privada del sujeto.
Este decir no produjo una revelación a título de una verdad que se fundaría en la palabra. Produjo desgarramiento. ¿Por qué?
Yo me preparaba a servir sobre una bandeja el saber que había acumulado. Este relato me aseguraba que este objeto metonímico, la comida, era para mi padre, como para mí, ¡un significante! Respecto del símbolo, que es muerte de la Cosa, que la eterniza, éramos de la misma familia.
Como un relámpago, el analista había hecho surgir la amplificación exhorbitante, la sensorialidad de la lengua que no tiene nada que ver con una significación. Migaja, en francés "miette", suena como Ninette, el sobrenombre tierno que el padre y sólo él, daba a la madre. El analista, que ignoraba ese detalle, había reducido el lenguaje a lo que, en la lengua, da señales de goce.
Así se anunciaba una pérdida: no la de los almacenamientos de comida, ya que con un solo rasgo el sujeto había puesto al padre en conserva, sino la de su idealización. Esta intervención produjo el consentimiento a la transferencia, o sea al análisis.
Acababa de experimentar una decisión que no dependía de un saber. El analista representaba, a partir de ese momento, "ese poder de inscripción del lenguaje que hace posible el equívoco" (J-A Miller, La erótica del tiempo, 2001).
Estaba dispuesta a reexaminar los archivos uno por uno, a releerlos. Es la forma particular que tomaba para mí el error del Sujeto supuesto Saber, según el goce incluido en mi síntoma, que había hecho de mí una historiadora: yo ordenaba en historia esas huellas que el tiempo había acumulado, juntaba, en un relato plausible, lo que se presenta, en principio, bajo la forma de escritos dispersos, conservados en la Biblioteca Nacional o en otra parte.
El deseo del analista había creado un "hay aún para decir", que superaba un "¿qué quiere decir?". Se revelaba allí una perspectiva inédita, que el SsS ligó al analista y del cual yo tendría que responder un día.
Utilizando el poder conmovedor de la palabra, el analista había ocupado por un instante el lugar de lo insensato. Este corte que no tenía nada que ver con un efecto de significación, me había desconectado de mis formas habituales de pensar.

El amor de transferencia y el proceso de la cura.

El análisis sostiene entonces una interrogación, para no dejar afuera ningún significante amo, pero no toma al sujeto a partir de las significaciones que constituyen su destino. Lo toma allí donde hay malentendido, allí donde hay agujeros en la lógica, allí donde "eso no anda". En el camino, le muestra al analizante cómo el inconsciente del cual es sujeto, ha organizado los trozos desparramados. Esto implica leer hasta el final lo que el inconsciente ha escrito, absteniéndose de alimentarlo.
Se percibe entonces que algo resiste a esta determinación por el Otro, que hay algo irreductible a la simbolización que no puede ni reincorporarse, ni capitalizarse, ni verse, ni hacerse oír.
El amor de transferencia, decía Freud, surge allí donde la rememoración encuentra sus límites. Esto equivale a hacer de la cura un proceso de historización, como lo demuestra Jacques-Alain Miller este año en su curso, retomando la distinción freudiana entre rememoración y reminiscencia. Contrariamente a los defensores de la resistencia, J Lacan nunca concluyó que la presencia del analista estaba al servicio de la represión. No adhirió jamás a la idea de que la cura libera al paciente de lo que lo hace sufrir, nombrando aquello que, del pasado, retorna. Él se aplicó más bien a mostrar que el deseo es defensa contra el goce absoluto, siempre fallido. No hay significante que logre que pudamos situarnos en esto, sino un signo que el analizante solicita y que se repite.
Para Lacan, el amor de transferencia señala este encuentro siempre fallido con lo real. En este punto, el amor es actual, presente en lo real.
En un análisis, se dicen muchas cosas que dejan de lado el exceso particular que no satisface al inconsciente. Esto se debe a la defensa del neurótico que le deja la ostentación al Otro. El neurótico hace de la exhuberante inutilidad donde se fijó su goce, el sin precio de lo que posee el Otro, lo que desea, porque le resulta agradable que lo desembaracen de ésto.
Sobre esta vertiente, el Sujeto supuesto Saber es solidario de la defensa, pero la presencia del analista introduce lo que va contra el principio del placer. Pone al analista a la altura del acontecimiento, de este goce que aparece en el après coup, a la vez como traumático, excesivo e inalcanzable.
Es el equivalente de lo que se cae del discurso, que no se podrá ni acumular ni dispersar, ni hacer desaparecer en la basura o en el inodoro !
Sesión tras sesión, confronta al analizante a las pequeñas molestias imposibles de clasificar, de ordenar. Introduce el desorden utilizando, por ejemplo, el significante como equivocación, en su dimensión de contingencia que le da de nuevo vida a la lengua privada del sujeto.
La articulación S1 S2 mortifica lo viviente. Implica pasar por una pérdida, pero el goce pulula allí donde los S1 proliferan. Es el goce en tanto que tiene algo de la plasticidad de la lengua, de su carácter rebelde, el que puede constituir una astucia (Lacan, l'Etourdit), no para desvelar un sentido sino para desenmascarar, por ejemplo, el carácter heterogéneo entre dos secuencia significantes.
Así la transferencia supone el escrito que hay que descifrar, el archivo que hay que leer, pero la intervención del analista procede del objeto. Lo que hace resonar no forma parte del saber como solución. Un significante se agrega, arrancado a la isla de sentido que hacía borde a lo real. Es equivalente, dice J Lacan en La tercera, al significante que no se escribe sino haciéndolo, sin ningún efecto de sentido.
Está el análisis, que separa al sujeto de las marcas que lo absorbían. Ese análisis hace vacilar las definiciones que el sujeto se había dado comprimiendo las cosas alrededor del malentendido, del equívoco, es decir, alrededor del síntoma como nudo de significantes.
Está el Pase para tomar acta y para curar del inconsciente, de la buena manera.
Es siempre en la cercanía de un significante aislado, señalaba MH Brousse en las últimas jornadas de la Escuela, extraído de la batería, cuando el sujeto percibe el alcance de una experiencia contingente donde se ancló su posición, o sea su condición de goce, más allá de lo que el inconsciente interpretó; es lo que yo llamaba en la introducción, retomando una expresión de Lacan, "las raíces de mis preferencias".
Por ejemplo es de lo que Dora, que J Lacan califica de chupadora, se sirve, a partir de una escena de la infancia con su hermano. Un significante decisivo, fuera de sentido, linda con un objeto que tomó el valor de lo que está perdido. Es puesto en relación con lo que no es sin embargo más que un objeto, dice Lacan en el Libro XVI. Para Dora es el silencio, o sea la voz que albergó en el campo del Otro y que vendrá al lugar de la relación que no existe. Es la conjunción del objeto oral y de la voz lo que determina la posición de Dora, más allá del significante amo con el cual ha respondido al enigma del goce.
El inconsciente es siempre particular. En cuanto se habla, se da sentido. Se da, dice Lacan, en el capítulo IX del Sinthoma, que Jacques-Alain Miller estudia en su curso este año: "un empujoncito", a la lengua que se habla. Ahora bien, el análisis sostiene un recorrido que conduce poco a poco a liberar el sentido sexual que alimenta el síntoma.
Hay desagrado y descaro cuando se formulan en una cura estos significantes residuales que amenazan el campo universal de las significaciones. Hay que franquear algo, lo que no se hace sin angustia, ya que su carga de goce no está referida a nada. Es un acontecimiento de decir que lleva en sí el poder del equívoco de la transferencia y al margen de esta posibilidad, el decir del analista. En este recorrido, se vuelve cada vez más difícil reenviar lo que es dicho a lo que sucedió, a los archivos. Algo cesa entonces de no escribirse, que esboza lo que vino, para ese sujeto, al lugar de la Cosa que no hay.
El SsS permite declinar el aparato de sentido al cual el goce se engancha, permite localizar al inconsciente que lo alimenta. No permite el desciframiento de la marca, de la cifra del síntoma. Cuando se deshace la inclusión de un goce en un aparato de sentido, el Sujeto supuesto Saber se debilita. Es entonces menos atractivo que lo que se encarna y que vuelve al sujeto.

¿Es el fin de la transferencia?

Solamente del Sujeto supuesto Saber, ya que la transferencia se transforma en una apuesta por que un tratamiento de ese fuera de sentido sea posible, en una producción sinthomática que no produzca significación. En un análisis, nos interesamos en lo que ha trastornado al sujeto y le ha permitido construirse un cuerpo, a partir de las zonas erógenas. El núcleo del síntoma, retomando la expresión de Freud, es una especie de saturación particular en la lengua, ineliminable y que produce un punto de capitón. Allí, el sujeto se reconoce, se identifica. Es una nominación que parte de la marca y que se basta a sí misma. Es un arreglo astuto del sentido con el goce y que permite, esta vez, comprometer al cuerpo. Pero es necesario para ello haberse separado de la cadena significante, haber construido el fantasma, que es lógico.
En mi cura, un sueño vino a dar testimonio de ese tiempo de separación. Vino a tejer un discurso, en un momento donde yo escuchaba el espesor de mi silencio y, a mis espaldas, pequeños ruidos dispersos...
La soñadora acaba de hacer una serie de entrevistas. Considera, en el sueño, que puede ahora cesar de tomar notas y de proseguir sus investigaciones. El analista aparece en el umbral de la habitación donde se desarrolla la escena. La soñadora, una vez más, le habla de una especulación embarazosa. ¿Qué hacer con esas notas que, como sus pensamientos, la hacen sufrir? Puede volver a la antigua necesidad de guardarlas, de clasificarlas, de hacerlas desaparecer en el inodoro, que es lo mismo. Es una manera de atarse al poder de momificación del significante, de replegarse sobre el texto, de hacerse la sonámbula. La soñadora dice al analista : "Son para el Pase". En el sueño, el analista no dice nada y desaparece. En la sesión, el analista dice : "¡Sí!"
¡Estupor! El tono no deja ninguna duda. No es una autorización sino un "Tú lo has dicho...". La analizante vuelve a una última sesión, para decir lo que le había conmovido en ese sueño. Ella se había dado la vuelta. En el escritorio antes tan lleno de notas, de archivos, ya no había carpetas ni libros, solamente estantes vacíos. Sobre la mesa, un pequeño paquete de hojas rosas, de las cuales toda escritura había desaparecido.
¿Qué había hecho? Un gesto inútil, casi nada. El que consiste en hacer surgir el murmullo sedoso que hacen las hojas cuando son manipuladas prestamente, deslizándose en cascada. Un guiño que le hacía el sueño, un ruidito que le había despertado. Era el fin de un repaso sin salida que podía dar lugar a una breve historia. Esta vez, estaba decidido, ella iba a agregar a la Escuela, su pequeña hystoria.
Hay un momento, en un análisis, donde uno se da cuenta de que podría pasar años buscando y encontrando los ecos del destino que nos compone nuestro inconsciente. Nos damos cuenta entonces de que dar vueltas y vueltas alrededor de esos detalles no es de ninguna utilidad para decir lo que querríamos decir.
Comprendemos entonces, con más tranquilidad, que se puede avanzar a pesar de lo que se ha recibido y a pesar de lo que imaginamos que nos ha faltado. Para una mujer, es importante.
Esto tiene consecuencias sobre la transferencia porque el sujeto se da cuenta de lo que puede afirmar como marca, lo que el saber no le permitirá nunca hacer. Un je souis (soy-sigo-gozo-oigo) dice Lacan en La Tercera, que ya no da miedo. La transferencia se esclarece de otra manera: allí donde el significante no responde, hacía falta alguien.
Lo inesperado puede entonces hacerse la causa de un nuevo inventario, de nuevos exámenes, parciales, provisorios, en lugar de la prueba que no habrá jamás en el registro del saber o de la verdad. No es sin consecuencias sobre la angustia, que afloja su opresión.
En esto el Pase forma parte de la solución por el síntoma, de la curación: aventurarse, amar en el texto no lo que se atesora, sino lo que en él, abre a nuevas modulaciones.
En mi caso, tuve que darme cuenta de que el largo trabajo del análisis había desgastado la desolación, hasta reducir la tristeza que me paralizaba desde siempre, a casi nada, a un suspiro.
Es una decisión que no se obtiene del saber. Esta decisión supone haber localizado el goce traumático que fijó al sujeto, haber producido el enclave que lo prescribe, lo sella y lo fija, más allá del fantasma que lo ha interpretado.

El analista.

Al final del análisis, el sujeto sabe que no tendrá nunca la buena bufanda. Ve entonces que el síntoma no es respuesta del Otro, la transmisión, sino más bien por la contingencia y la marca. Es en el vacío del Otro donde el síntoma se construye, pero no es sin el Otro, al cual conecta su solución singular.
En su teoría de Turín, J-A Miller sitúa la comunidad que elige el analista, en esa dirección. El psicoanálisis, en efecto, desalienta el vivir en soledad.
La paradoja que introduce el psicoanálisis está ahí: el psicoanálisis civiliza, dice Lacan, en el Libro I, porque construye un sujeto responsable de su goce y, a título de ello, es susceptible de asociarse a la obra humana. Sin embargo, el lazo social se construye a partir de un goce autista, sin medida.
Hay usos de la lengua propios de un sujeto, capaces de canalizar una satisfacción singular, a partir de lo que, de la lengua, ha producido trauma, depósito. La última enseñanza de Lacan pone el acento sobre este punto que Eric Laurent había subrayado después de las intervenciones de los AE en Comandatuba. Tratamos actualmente la articulación de las lenguas privadas en la lengua pública, productoras de distinciones y de esta manera, estabilizadoras de goce.
Lacan sitúa aquí la incidencia política del inconsciente, ya que esta disposición, que subraya el carácter cerrado del goce propio de cada uno, abre paradójicamente a efectos de interpretación y de equívocos que pueden compartirse. Usos, savoirs faire con la lengua, que hacen vibrar la inconsistencia del Otro, allí donde el significante amo identifica al sujeto como objeto de goce.
El significante amo parece ser el ideal común que liga el sujeto al Otro y a los Otros. El análisis revela un sujeto solo, con sus significantes amos y con su goce.
Para Lacan, la cuestión de la comunidad se aborda por la singularidad, por el uso, más que por el concepto.
Es esta precariedad la que hace que el Pase nos sea precioso, en la medida en que es el procedimiento que permite nombrar, por un tiempo limitado, al analista de la Escuela.
El encierro en lo instituido es propio de la lógica de los grupos y nosotros no escapamos a ello. La Escuela constituye una excepción, cada vez que el deseo es referido, como le dice Lacan, a la contingencia , y cada vez que la Escuela participa en la singularidad. En su seminario Aún, Lacan precisa que el psicoanálisis supone siempre al deseo, "que es contingencia corporal".
La Escuela no asegura el encuentro, ¡es imposible !
Ella asegura, en los momentos de trabajo que organiza y que compartimos con otros, que hay interlocutores que constituyen una serie, que habrá respuestas. Puede ser que el encuentro tenga lugar...
Es esencial para cada uno de nosotros y es muy importante para los AE, ya que es necesario ese nuevo Otro en el que se puede elegir creer, para poder soportar la desvalorización de lo que se presentaba antes como agalmático. Hay que poder hacer algo con lo que no es más del orden de la fascinación; no es tan fácil darle otro estatuto al saber.
El pase inscribe el rechazo de saber al cual el analista se reduce. La posición del AE es, por esto, modesta. La Escuela, al acoger al AE, acoge también ese momento perturbador, del cual es muy difícil decir algo, donde es evacuado el SsS. Se sabe entonces que se pertenece a la Escuela, por la vía del síntoma, incalculable.
¡Qué alivio cuando el superyó no juega más!, y que nos deja poder consentir a las citas imprevisibles con lo real, que no nos deja tranquilos.
De mi Pase, guardo el recuerdo de un conmovedor descubrimiento que pertenece a mi cura pero que más allá, me permitió participar, de una nueva manera, en lo que ocurre hoy con el psicoanálisis.
La instalación del SsS no deja lugar al trabajo. El SsS instala el amor, que no quiere saber nada. El amor de transferencia no quiere saber que no hay significaciones universales, entonces es necesario que el analizante sea previamente desviado, como decía Eric Laurent en Comandatuba, del inconsciente que procede de la identificación, para poder querer encontrar un lugar en el Otro, dirigiéndose a él.
En la experiencia analítica, el espacio público se diferencia radicalmente de lo universal, por ello el pase nos es tan precioso.