de Jacques-Alain Miller
por Graciela Brodsky
2008. El regreso
La
fila comienza en el 1125 de Marcelo T. de Alvear, puerta principal del Teatro
Coliseo. Sigue hasta Talcahuano, dobla, llega a Santa Fe y allí, cerca de
Libertad, comienza a ralear. Son casi tres cuadras porteñas, de cien metros cada
una, las que albergan fuera del horario habitual a mil setecientas personas que
aguardan el momento en el que las puertas se abran para poder ocupar sus lugares
cuando empiece la función. Muchas caras amigas, de acá y de allá, caras
argentinas, caras catalanas, caras parisinas. Y muchas caras jóvenes y
desconocidas que se suman a la fiesta. Por primera vez uso la cámara de mi
teléfono celular para guardar algunas imágenes del acontecimiento tan esperado
como imprevisto.
Como es un sábado por al mañana, los vecinos circulan y se
detienen para contemplar esa interminable serpiente de mil rostros y mil colores
que ondula frente a sus casas.
-¿Es un conjunto de rock?- pregunta doña Rosa
a doña Rosa.
-¿Tan temprano? Esos se juntan de noche.
-Entonces debe ser
uno de esos pastores protestantes.
-¡¿En el Coliseo?!
-Es un psicoanalista
francés- aclara alguien de la cola.
-¡Así se entiende!- concluye la vecina,
con su curiosidad satisfecha.
¿Se entiende? ¿Qué se
entiende?
En abril de 2008 Jacques-Alain Miller volvía a Buenos
Aires después de siete años de ausencia. Una enormidad para una ciudad que desde
1981 se acostumbró a tenerlo entre sus huéspedes dos o tres veces al año, a
verlo circular por los alrededores de la plaza San Martín, por Callao y Santa
Fe, en las librerías de Corrientes, en el Bauen, en el Sheraton, en el Paseo La
Plaza…
En el fondo, lo que era obvio para la vecina no lo era para el propio
Miller. ¿Siete años de ausencia habrían tornado esa familiaridad en una
presencia unheimlich? Él mismo se lo pregunta en el inicio de esa conferencia
sin título que puso a prueba la potencia de su nombre en esta ciudad que lo ama
y lo odia -lo que no son más que dos caras de la misma moneda, Freud dixit.
Los mil setecientos que se reunieron creen amarlo tanto como para querer
retenerlo, escucharlo, admirarlo, exprimirlo hasta que suelte lo nuevo que cada
vez esta obligado a entregar. Y Miller se presta sabiendo lo que su práctica de
psicoanalista le enseña: más allá de su nombre encarna un objeto con el que cada
uno de los mil setecientos se satisface a su manera. La estructura de una
conferencia es erótica, y pone en acto la tesis de Lacan que hace de cada
enseñante un analizante: “enseñar a los otros no tiene valor si no es a la vez
analizarse a sí mismo”. Por eso en el Coliseo Miller habla de Miller; sigue los
vericuetos de su inconsciente, que le negó un título para sus palabras; analiza
su minúsculo fenómeno mental; habla del tipo de goce que supone tomar la palabra
en público, del juego que se produce entre -j y F . Y también habla de
Lacan.
Eso no es nuevo. Desde las primeras intervenciones en Buenos Aires, en
1981, Miller habla de Lacan, habla desde Lacan, como él mismo quiso que constara
en el título de estas conferencias porteñas que Silvia Tendlarz recopiló y
editó. Pero en el Coliseo no se trata de la elucidación de Lacan sino de la
elucidación de otra cosa, de algo que se formula en primera persona, de un
deseo, de un nombre más propio que el propio: “Y quizá yo mismo, Jacques-Alain
Miller […] no soy más que uno que ha deseado ser un síntoma de
Lacan”.
Este tomo de las Conferencias porteñas recoge
principalmente las últimas visitas de Jacques-Alain Miller a Buenos Aires
previas a la Conferencia en el Coliseo. El período va desde 1996, año del primer
diálogo entre Miller y Horacio Etchegoyen, hasta 2001, cuando tiene lugar el
segundo diálogo entre ambos.
En el medio, el cambio de
siglo.
1996-1997. El deshielo
En
1996 Horacio Etchegoyen es presidente de la Asociación Psicoanalítica
Internacional (IPA) y Jacques-Alain Miller lo es de la Asociación Mundial de
Psicoanálisis (AMP). Por iniciativa de la revista Vertex, los presidentes de
ambas asociaciones se encuentran por primera vez para hablar del psicoanálisis;
de su pasado, marcado para siempre por la salida de Lacan de la IPA; de su
presente, que soñaba con hacer compatible la presencia creciente de la enseñanza
de Lacan en la IPA con las neurociencias, que prometían encontrar en el cerebro
la confirmación de las intuiciones freudianas. Además de referirse al pasado y
contemplar el presente, los presidentes presagian el porvenir. Etchegoyen
vaticina un reordenamiento de la divisoria de aguas, un reacomodamiento del
pensamiento psicoanalítico con mayores acercamientos y mayores confrontaciones
entre la IPA y los lacanianos. Miller propone intentar poner punto final a un
período de historia organizativa del psicoanálisis que estuvo marcado por una
censura “impresionante, increíble, eclesiástica, hacia Lacan de parte de la
IPA”.
Lo que sigue a este encuentro histórico son los años del
“silencio roto”, del “deshielo”. Mientras se gesta el X Encuentro Internacional
del Campo Freudiano en Barcelona sobre El partenaire-síntoma, título además de
su curso de los años 1997-1998, Miller examina una y otra vez la pareja formada
por Lacan y la IPA a la vez que aspira a un tiempo distinto para el
psicoanálisis: “Y quizá no estamos tan alejados del momento en que esta gran
barrera que nos separa [de la IPA], que es la barrera del estándar, va si no a
desvanecerse, a hacerse menos presente. Y en ese momento ¿qué seremos?”, dice en
la apertura de las Jornadas de la EOL sobre “El psicoanalista y sus síntomas”.
Un poco antes había nombrado “nuestros síntomas”: las frases hechas, la lengua
sistematizada, el exceso de citas, la cita sin citar, y los había considerado el
efecto de la compacidad, del monolitismo que da el hecho de compartir una misma
orientación, para concluir: “Y así creo que en los pasos actuales que se dan
para reanudar una interlocución con los colegas de la IPA seguramente tenemos
mucho para criticar en ellos, pero quizá lo más interesante es la invitación que
eso nos genera a criticarnos a nosotros mismos”.
Nosotros mismos… ¿De
qué sustancia está hecho ese lazo que permite hablar de “nosotros”? ¿Qué nos
une? ¿Qué tenemos en común? ¿Qué nos da la idea de pertenecer a una comunidad y
no a otra? La interrogación de Miller sobre el partenaire-síntoma recae todo el
tiempo sobre el analista. Primero sobre el analista y sus síntomas, luego sobre
el analista y sus partenaires. Y si despliega uno a uno los semblantes de la
comunidad con la que el analista se empareja, lo hace para destacar que “solo se
pertenece a la comunidad en cuanto contiene el objeto a que me divide como
sujeto”. De ahí se desprenden dos modelos de institución: la que se alía con el
discurso del amo para segregar el goce y la que lo acepta y hacer entrar la
tyche en la Escuela: “si en el psicoanálisis no se reintroduce el carnaval,
reina la infatuación, o reinan las habilitaciones simbólicas vacías”.
Para
quienes piensan que Miller cambia de idea como cambia de camisa, las Jornadas de
la Escuela de la Causa Freudiana de noviembre de 2009 podrían mostrarles, por el
contrario, la asombrosa sintonía de lo que allí se vió y se escuchó con esta
política del Witz que él propuso en Buenos Aires catorce años atrás.
1998. Crisis
¿Qué clase de vínculo social se
construye a partir del análisis? ¿Qué pasa con el sujeto después del análisis?
¿Cómo termina la relación transferencial? La crisis pone de manifiesto que ni el
análisis promete el amor al prójimo, ni el analista está libre de los efectos
desfavorables que conlleva la desuposición de saber que marcaría el fin del
análisis, e incluso el pase: “No hay nadie a quien hablar”, “No hay nadie de
quien se pueda aprender”, “No hay nadie que valga”. La crisis confirma la
polémica de Lacan con los analistas de su propia Escuela y no solo con los de la
IPA: los analistas no están a la altura del psicoanálisis, no armonizan con el
descubrimiento del inconsciente, y esto no es casual sino necesario debido a que
el agente del discurso analítico solo funciona en la medida en que se cierra a
su inconsciente. ¿Cómo restablecer entonces para el analista una relación con el
sujeto supuesto saber?
La clínica del posanalítico; la conversación, como
puesta en acto de la desuposición del saber de Uno, y la Escuela, como aquello
que restablece para el analista una relación con el sujeto supuesto saber son el
trípode con el que se consuma la Aufhebung de la crisis que sacudió a la AMP en
esos años.
Y el Instituto Clínico de Buenos Aires (ICBA), para cuya sesión
de apertura Miller pronuncia “El ruiseñor de Lacan”, es la Aufhebung de la
Sección clínica. Para tener una idea del clima de la época nótese que las tres
preguntas que se recogen luego de sus palabras no retoman el contenido de la
conferencia sino que avanzan sobre lo que ya agitaba a la EOL en esos días: el
posanalítico y los estilos de vida; la vida en comunidad y la singularidad
del modo de gozar; el superyo en el posanalítico y después del
pase.
1999. Fin del milenio
El tema
del “fin” ocupa los medios: el fin de la historia, el fin de las ideologías…
Pues bien, hagámoslo nuestro y preguntémonos por el fin del análisis y por el
fin de la sesión analítica. Y no descartemos la ambigüedad que la palabra fin
encierra y que va desde la finalidad hasta la finalización. Al mismo tiempo,
cuando las neurociencias anuncian el fin del psicoanálisis, es decir, su
liquidación, y cuando los analistas comienzan a pensar que lo único real es lo
que se inscribe a nivel del cerebro, defendamos lo que la experiencia analítica
demuestra: que el inconsciente no es puro semblante sino que apunta a lo
real.
El Campo Freudiano se prepara para el Encuentro del año 2000 en Buenos
Aires sobre “La sesión analítica”. Miller dicta en París su curso semanal bajo
el título “Los usos del lapso”. El Centro Descartes le propone una conferencia
que se llamará “Al fin y al cabo”, donde Miller habrá de recorrer el último
milenio ubicando los momentos decisivos para el nacimiento del
psicoanálisis.
¿Qué mejor manera para considerar el tiempo desde el
psicoanálisis que a partir del inconsciente, que no conoce el tiempo, y que es a
la vez fugaz, instantáneo y eterno en su repetición? El inconsciente lacaniano
no es espacial, como el de Freud, sino temporal, de ahí que sus consecuencias
sobre la práctica analítica recaigan directamente sobre la duración de la
sesión. Esto distingue, dice Miller, dos clases de analistas: los que
consideran que hay un vínculo necesario entre la enseñanza y la práctica de
Lacan, y los que separan su enseñanza de la práctica.
La reabsorción de
Lacan en la IPA encuentra acá su verdadero obstáculo.
2000. La pared y la llave
El Encuentro del Campo
Freudiano de julio de 2000 fue el escenario de dos eventos inéditos que se
recogen en este libro. Primero, la realización de una Jornada de estudio sobre
la interpretación mutativa con la participación de psicoanalistas de la Escuela
de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires
(APdeBA). Luego, una conferencia de Miller en la sede misma de APdeBA. El
deshielo iniciado en 1996 daba lugar ahora a un segundo tiempo de intercambios.
“Aquí estoy entre ustedes, en su casa, convidado por sus autoridades oficiales,
encuentro unheimlich, es cierto”, dice el “zulú” a la asistencia antes de
invitarlos a considerar la naturaleza de los obstáculos que se presentan para
cada uno al acercarse a la hipótesis el inconsciente.
Esta apertura a
los pueblos vecinos tuvo como contrapartida el estrechamiento de los lazos de la
familia propia. “Era urgente -dice Miller en diciembre de 2009 mientras se
prepara el Congreso que volverá a reunir a las viejas generaciones con los
jóvenes recién llegados al psicoanálisis- dar a la AMP su identidad propia luego
de veinte años de Encuentros Internacionales. Si ese período se hubiera
prolongado indebidamente, habría conducido a la confusión: era necesario
cortar”. Por primera vez, en la Asamblea de la AMP del año 2000, una pared marcó
una diferencia entre los miembros y los adherentes a las Escuelas.
Al mismo
tiempo, se concretaba lo que Miller adelantaba en el ’97 cuando se refería al
psicoanalista y su comunidad: “la cuestión que se nos plantea ahora es si
podemos decidir pertenecer a una comunidad virtual que sería el conjunto de los
analistas o, por lo menos, el conjunto de los que se relacionan de otra manera
con lo real de la experiencia analítica […] no es una comunidad con estatutos,
reglamentos, etcétera, es más bien una relación “con el mismo real”.
Junto
con la pared, en el 2000 se repartió la llave que permitía entrar en esa nueva
comunidad. Era el nacimiento de la Escuela Una.
2001. Nostalgia
El 13 de abril de 2001 se
cumplían cien años del nacimiento de Lacan. Como parte de los homenajes se
realizó en Buenos Aires el Encuentro Jacques Lacan. Ese fue el marco del segundo
diálogo con Horacio Etchegoyen que cierra el período de visitas regulares de
Miller a la Argentina. El diálogo, marcado por la nostalgia de la presencia de
Lacan, tiene momentos memorables, como el pronóstico pesimista sobre el
destino de las instituciones por parte del ex presidente de la IPA, que concluye
con un “no hay nada que hacer”, y el coraje “femenino” de la respuesta de Miller
(véase la charla sobre el coraje en el Centro Descartes) que declara: “Mejor
disolverse antes”.
Todo el diálogo merece ser leído más de una vez a la luz
de lo que han sido estos nueve años transcurridos desde aquel
momento.
¿Sabía Miller que ese homenaje a Lacan sería su última visita
a Buenos Aires hasta ocho años más tarde?
En esos ocho años pasaron muchas
cosas que lo retuvieron en Paris: la Sociedad Psicoanalítica de París (SPP),
filial de la IPA, le negó un derecho a réplica que dio origen a la primera de
las Cartas a la opinión ilustrada con las que Miller buscó despertar de su
letargo a los intelectuales franceses. El diputado Accoyer presentó un proyecto
de ley para la regulación del título de psicoterapeuta (que incluía el
psicoanálisis) y que estaba destinado a poner el control de la formación de los
psicoanalistas en manos del Estado. A través de los “Forum de los Psi” Miller
inició una campaña fabulosa que acercó el psicoanálisis a una nueva generación
para impedir la implementación de la famosa “enmienda Accoyer”. Ganada la
batalla, Miller inicia la defensa del psicoanálisis contra el embate de las
terapias cognitivo comportamentales (TCC) y la evaluación generalizada. Mientras
escribo esta presentación, se prepara un nuevo Forum bajo el título “Evaluar
mata”, que se realizará el 7 y 8 de febrero en París. Además, Miller continuó
con el establecimiento del Seminario de Lacan y con su curso semanal. Hace una
semana inició el de este año: “La vida de Lacan”.
Si se juntan los
tres tomos de esta recopilación con la que en su momento se hizo en Brasil bajo
el título de Lacan elucidado y con la que se hizo más tarde en España con el
nombre de Introducción a la clínica lacaniana, se tendrá un panorama de la
reflexión sobre la doctrina, la práctica y la política del psicoanálisis que
acompañó la difusión de la orientación lacaniana en los veinte años que
siguieron a la muerte de Lacan.
¿El pensamiento subversivo de Lacan dentro
del psicoanálisis habría sobrevivido sin este peregrinaje? Seguramente no, y lo
más probable es que su enseñanza seguiría alimentando la exégesis de decenas de
pequeños grupos dispersos por el mundo sin ninguna capacidad para enfrentar con
éxito las nuevas formas del malestar en la cultura, en especial las que hacen
del psicoanálisis mismo un trastorno que hay que evaluar y eliminar.
Incómoda
para muchos, inclusive para los propios psicoanalistas, la orientación lacaniana
de Jacques-Alain Miller es, más que trastorno, síntoma; es el palo en la rueda
que impide, o al menos demora, que las cosas vayan a parar derecho a lo peor. ¿Y
por qué no decir que esta es otra manera –en este caso la mía- de entender ese
deseo de encarnar el síntoma de Lacan que Miller confiesa en su última
conferencia en el Coliseo?