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Los objetos a en la experiencia analítica
"Objetos Borgeanos"
Todo comenzó por el recuerdo de una referencia en Borges al objeto libro, en su conferencia en la Universidad de Belgrano, cuando nos dice que este es una extensión de la memoria y de la imaginación y no del cuerpo; luego vino la referencia de Fernando Savater a un poema titulado "La Prueba", cuando Borges tiene 82 años, en el cual solo algunos logran captar que se trata de lo que cualquiera puede cogitar cuando se "está en trance de defecar"; ya en el fragor de la conversación apareció la referencia al cuento el Zahír…el encuentro con una moneda; y es así como nos lanzamos a este "desafío", hablar de los "objetos a" que circulan al lado de los objetos borgeanos.
La moneda, el aleph, la enciclopedia, la espada, el amarillo de los tigres, la rosa…la brújula, el laberinto, y de repente, casi mágicamente, las coincidencias con la enseñanza de Jacques Lacan.
Es inmenso todo lo escrito sobre Borges, es para llenar una sola biblioteca, pero quizás esta perspectiva que hemos emprendido por audaz resulte inédita. Esperamos no ser muy imprudentes en nuestro desarrollo.
Veremos como en Borges los objetos comunes, intercambiables, circulan a la par que las cinco formas del "objeto a". El "objeto a", no se socializa no se intercambia y, sin embargo, su emergencia al costado de los objetos comunes o entrelazados a ellos hace surgir la angustia.
En Borges encontramos estos objetos mecánicos cuya función es la de venir al lugar donde lo imposible se torna evidente. Se trata de una evidencia muda. Desde "Elegía del recuerdo imposible"(1), un poema magnífico, hasta las clasificaciones de la enciclopedia china en el "Idioma Analítico de Jhon Wilkins", cuyo final enumerativo nos provoca risa. Esa risa a la que Jacques Lacan nos anima con su última frase de su clase del 16 de marzo de 1976, donde nos habla de su intento de hacer una "folisofia" (neologismo formado con la palabra francesa folie (locura) y philosophie (filosofia)), menos siniestra que el Libro llamado de la Sabiduría en la Biblia. Borges fragmenta el saber, lo hace estallar, lo vacía, con su manera "escéptica" de abordar a los filósofos, de poner en entredicho todos los emblemas acuñados durante siglos por ciertos escritores. Su erudición está al servicio de este vacío. El entredicho en que pone "el original", el uso sonoro y cabalístico del nombre y el deslocalizado de la cita; ¡qué mejor forma de hacer tambalear los cimientos del saber la de este escritor de referencias eruditas y clásicas! Dejándonos a merced de la ficción más radical nos hace presente un real mudo. Nos encontramos con una Secta, la del Fénix, cuyo secreto es imposible nombrar o una y otra vez topamos con el impronunciable nombre de Dios.
¿Acaso tiene mucha importancia, -para lo que es la literatura de Borges- que realmente ocurriera, en un "boliche" de Chile y Tacuarí, la entrega de una moneda de 20 centavos a JLB que le sumergió en la angustia, mientras trataba de juntar fuerzas para ver a su amada (que vivía en esa esquina), y que esto causara la escritura del "zahír"?.
La moneda nombrada zahír, como la lata de sardinas por la que Lacan se siente mirado en el Seminario XI, transportan el "objeto a" cuya forma es la mirada, un semblante (Seminario XX, Aún), nombre impropio de lo real, pero que "semeja (parece) darnos el soporte del ser". Borges frente a la mujer amada, para no "disolverse" toma como soporte de su "ser" al zahír.
Este relato nos hace evocar la narración mítica que rodea el nacimiento de la moneda "acuñada", que se enlaza al nacimiento del pensamiento, del logos y de la tiranía. Herodoto cuenta como el rey de Lidia, Candaulos, cuya esposa era la más bella, no termina de estar tranquilo. Nadie contempló esta nuda belleza, entre otras cosas porque la ley lo prohíbe, y él considera menos certero, más cuestionable el relato que la visión. Por ello, pedirá a Giges, su esclavo, que saltándose dicha prohibición contemple a la reina desnuda, escondiéndose en la cámara real. La reina se da cuenta, y a Giges le plantea la siguiente alternativa, o mata al rey y esposa a la reina o el morirá inmediatamente, pues la reina está deshonrada si ha sido vista por alguien que no es su esposo. Giges decide matar al rey y se instala la tiranía en Lidia y se acuña la moneda, ese metal con inscripciones. Borges nos dice: "zahír, en árabe, quiere decir notorio, visible; en tal sentido es uno de los noventa y nueve nombres de Dios; la plebe, en tierras mulsulmanas, lo dice de "los seres o las cosas que tienen la virtud de ser inolvidables y cuya imagen acaba por enloquecer a la gente"". "Los sufíes repiten su propio nombre o los noventa y nueve nombres divinos hasta que estos nada quieren decir…quizás detrás de la moneda esté Dios". Y esto nos sugiere el título de uno de los capítulos del Seminario XX, Aún, "Dios y el goce de La (tachado) mujer", donde Lacan llega a preguntarse "¿y por qué no interpretar una faz del Otro, la faz de Dios, como lo que tiene de soporte el goce femenino?". Ese zahír que para Borges anuncia la rosa y la rasgadura del velo. Ese objeto que ubicamos en el eje que va de lo Simbólico a lo Real. (2)
Esa cosa tan banal, la moneda, con sus inscripciones, es un ejemplo privilegiado de lo simbólico, del pensamiento, en su intento, en su movimiento siempre teñido de imposibilidad de decir lo real. Un valor desde las épocas más remotas anudado a "lo femenino", a ese goce "de ella, que no existe, y nada significa". Ese goce que hace obstáculo para escribir la relación entre el hombre y la mujer, cuya escritura es imposible. Lo cual nos remite al goce del propio cuerpo, cuya expresión en Borges me parece admirable en su poema "El amenazado" que se encuentra en el libro El Oro de los Tigres (1972).
Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.
Otro objeto que vehiculiza el objeto mirada es el aleph (1949). Borges nos habla del objeto como tal y de su nombre. Este nombre nos dice, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Para la Cábala, esa letra significa la ilimitada y pura divinidad.
Nuestro objeto, también ha sido nombrado con la primera letra de nuestro alfabeto, con la a. Para reconocernos en nuestro "objeto a", debemos ir a buscar en el campo del Otro, esta es la posibilidad de la transferencia, del amor. Por ello es admirable encontrar esta coincidencia entre Borges y Lacan, cuando este último al final del seminario de la Angustia nos dice: "No hay superación de la angustia sino cuando el Otro se ha nombrado. No hay amor sino de un nombre, como cada cual lo sabe por experiencia. El momento en que el nombre de aquel o aquella a quien se dirige nuestro amor es pronunciado, sabemos muy bien que es un umbral que tiene su mayor importancia…Esto no es más que una huella, huella que va de la existencia del "a" a su paso a la "historia".
Resulta sorprendente la coincidencia entre esto que nos dice Lacan y las dos últimas líneas del poema. Después de la descripción de un estado de agitación y de angustia, de un sentimiento de amenaza: el nombre y el cuerpo. "El nombre de una mujer me delata", encuentro en ella este objeto a, "Me duele una mujer en todo el cuerpo", esto que encuentro en ella me remite al goce del propio cuerpo.
Según avanzamos en este comentario, más claro se tornan los temas y gustos comunes entre Borges y Lacan. El gusto por Edgard Allan Poe. Una de las pocas referencias explícitas a Borges en Jacques Lacan, se encuentra en "La carta Robada", texto con el que se abre los Escritos; las referencias a la fábula de Zenón de Elea de Aquiles y la Tortuga, problema filosófico que interesa a Borges y del cual Jacques Lacan va a servirse para hablarnos, justamente, del goce femenino; el interés por los místicos; la importancia de la letra, el nombre y el libro…y podríamos seguir y trataremos de hacerlo, pues esto nos ha servido de comienzo para un trabajo más exhaustivo.
Cuando hace algún tiempo, antes de embarcarnos en esta travesía, leí un texto de Savater sobre Jorge Luis Borges, quedé francamente sorprendida cuando nos hacía reparar en un pequeño poema hecho con 82 años, donde a nadie le era fácil reconocer a un hombre en trance de defecar y cogitando (3). La gran habilidad de Borges es haber escrito un poema escatológico en el doble sentido, porque sabe muy bien "que incluso sentados en la taza fatídica, seguiremos hasta lo último especulando con la transcendencia", y es de gran interés conectarlo con la referencia en el Seminario X de la Angustia, donde encontramos un capítulo titulado "De lo Anal al Ideal", que termina con esta afirmación "la relación del sujeto con un objeto perdido del tipo más repugnante muestra un vínculo necesario con la producción idealista más elevada". En este capítulo Jacques Lacan abordará este objeto, en relación a la demanda del Otro, al amor, a Dios, y al Ideal, sosteniéndose sobre todo en referencias a la neurosis obsesiva. Sobrecoge encontrar en el poeta, casi al final de sus días, esta misma claridad.
Jacques Lacan en su Obertura de los Escritos, a la pregunta por el estilo, contesta que el estilo no es el hombre como diría Buffon, sino que se trata del "objeto a", a la vez causa del deseo en donde el sujeto se eclipsa y sostén del sujeto entre verdad y saber.
En apariencia, es claro el privilegio del objeto escópico para el sujeto dividido que es Borges, nos remitimos al poema Borges y yo (4), más aún por el hecho casi convertido en leyenda de su ceguera, donde vemos como este gran autor muestra en acto con su escritura la separación entre el objeto de la pulsión escópica, la mirada, del ojo como órgano de la visión.
Sin embargo, podemos lanzar una hipótesis, -que tendremos que confirmar según vayamos avanzando en esta investigación-, que es el objeto voz el que para Borges marca su estilo. Alan Pauls, nos habla que la voz del "yo" de Borges, esa voz titubeante, marcada por la fragilidad nos permite una extraña venganza frente al escritor perfecto; subraya, también, las distintas referencias de Borges a la voz argentina, al decir criollo, porteño, teñido de mezcla y sonoridad; pero nosotros preferimos, sin empequeñecer en nada el mencionado análisis, la propia explicación borgeana cuando del objeto libro se trata. Pues si bien, en la conferencia citada sobre el libro, Borges comienza separando a este del cuerpo, por otro lado, a la mitad de la charla nos dice que es fundamental cuando se trata de lectura escuchar la voz del autor que se desliza en el escrito. A partir de ahí considera la letra muerta del libro, solo vivificada por la sonoridad y por tanto por la voz, por este "objeto a", y la potencia de este objeto que ha hecho que los grandes maestros se deban a la tradición oral, Pitágoras no escribió deliberadamente pues no quiso atarse a la palabra escrita, sintió que "la letra mata y el espíritu vivifica", (que vendría después en la Biblia), Sócrates, Cristo. Después nos habla de cómo los judíos consideran al Espíritu autor de La Thorá. En el libro que ha sido dictado por el Espíritu nada puede ser casual, todo tiene que estar justificado, tienen que estar justificadas las letras, y esto nos lleva al estudio de la Cábala, un libro donde nada es casual, ni el número de letras ni la cantidad de sílabas de cada versículo, ni el hecho de que podamos hacer juegos de palabras con las letras, de que podamos tomar el valor numérico de las letras.
El soplo divino, la voz de Dios, dictando las letras. Sabemos de la potencia de la voz de Jacques Lacan y su decisión de mantener su enseñanza oral.
Quizás por ello, tanto la escritura borgeana, como la enseñanza lacaniana, se resisten a la asimilación y la única posibilidad es incorporarlas, a la manera de la voz.
Mercedes de Francisco
Veintisiete de junio de 2007
NOTAS.
(1) Elegía del Recuerdo Imposible. Incluido en la Moneda de Hierro (1976).
Qué no daría yo por la memoria
De una calle de tierra con tapias bajas
Y de un alto jinete llenando el alba
(Largo y raído el poncho)
En uno de los días de la llanura,
En un día sin fecha.
Qué no daría yo por la memoria
De mi madre mirando la mañana
En la estancia de Santa Irene,
Sin saber que su nombre iba a ser Borges.
Qué no daría yo por la memoria
De haber combatido en Cepeda
Y de haber vista a Estanislao del Campo
Saludando la primer bala
Con la alegría del coraje.
Qué no daría yo por la memoria
De un portón de quinta secreta
Que mi padre empujaba cada noche
Antes de perderse en el sueño
Y que empujó por última vez
El catorce de febrero del 38.
Qué no daría yo por la memoria
De las barcas de Hengist,
Zarpando de la arena de Dinamarca
Para debelar una isla
Que aún no era Inglaterra.
Qué no daría yo por la memoria
(La tuve y la he perdido)
De una tela de oro de Turner,
Vasta como la música.
Qué no daría yo por la memoria
De haber sido auditor de aquel Sócrates
Que, en la tarde de la cicuta,
Examinó serenamente el problema
De la inmortalidad,
Alternando los mitos y las razones
Mientras la muerte azul iba subiendo
Desde los pies ya fríos.
Qué no daría yo por la memoria
De que me hubieras dicho que me querías
Y de no haber dormido hasta la aurora,
Desgarrado y feliz.
(2) Capítulo VIII del Seminario Aún, de Jacques Lacan, El saber y la Verdad. El esquema con el que comienza el capítulo. Remitirse a capítulo VIII del Seminario De la Naturaleza de los Semblantes, "La verdadera naturaleza del objeto a".
(3) La prueba. Incluido en La Cifra (1981)
Del otro lado de la puerta un hombre
deja caer su corrupción. En vano
elevará esta noche una plegaria
a su curioso dios, que es tres, dos, uno,
y se dirá que es inmortal. Ahora
oye la profecía de su muerte
y sabe que es un animal sentado.
Eres, hermano, ese hombre. Agradezcamos
los vermes y el olvido.
(4) Borges y yo. Incluido en "El hacedor" (1960).
Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso y las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir al otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cual de los dos escribe esta página.
En la página 63 del libro "Le Neveu de Lacan" satire, de Jacques-Alain Miller, editorial Verdier, encontramos un texto eco de este, escrito a la manera de Pierre Menard.
BIBLIOGRAFÍA.
Alan Pauls, El factor Borges, Editorial Anagrama, 2004
Estela Canto, Borges a contraluz, Espasa Calpe 1989.
Fernando Savater, Jorge Luis Borges, Ediciones Omegas, Vidas literarias. 2002
Jacques Lacan, Escritos I, Obertura de esta recopilación, Siglo XXI, 1994.
Jacques Lacan, Editorial Paidós.
Seminario X, La Angustia,
Seminario XI, Cuatro Conceptos Fundamentales de Psicoanálisis.
Seminario XX, Aún.
Seminario XXIII, El sinthoma
Jacques-Alain Miller, Los signos del Goce, Paidós. 1998.
Idem, Le Neveu de Lacan, satire, Editorial Verdier, 2003.
Jorge Luis Borges, Obras Completas, María Kodama y Emecé Editores. 1989.
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