Araceli Fuentes
 

 

CPCT

 

El CPCT es un dispositivo que forma parte de la política de la AMP para generar una nueva transferencia con el psicoanálisis, posibilitando que el ciudadano pueda encontrarse con un psicoanalista. Se trata de una política en acto y se trata del acto analítico. Para propiciar ese encuentro "a pie de calle", el CPCT ofrece la escucha de un psicoanalista gratuitamente, durante un periodo limitado de tiempo. Es una oferta subversiva en el mercado.

Esta política también afecta a los psicoanalistas que practicamos en el CPCT, pues las condiciones de gratuidad y límite temporal son nuevas para nosotros. La gratuidad está limitada por el corto periodo de tiempo y a su vez el corto periodo de tiempo introduce el elemento "prisa"en la localización de los Significantes amo y del goce.

El CPCT es un objeto que tiene distintas caras, un objeto poliédrico, forma parte de una política del psicoanálisis, pero a la vez es un nuevo objeto en la ciudad, del que los ciudadanos pueden hacer uso, es también un nuevo objeto para los psicoanalistas que hacemos la experiencia del CPCT pues éste impone un funcionamiento nuevo al que hay que consentir. El psicoanalista que trabaja en el CPCT ha de dar su consentimiento a hacer una nueva experiencia, experiencia que es colectiva pues en ella circula la transmisión de lo que cada uno hace. Hay que querer consentir a exponer lo que uno hace para aprender de eso y eso es lo que se puede ganar, un saber, que como decía Lacan, vale lo que cuesta.

En el CPCT hacemos psicoanálisis aplicado, psicoanálisis aplicado a la terapéutica y es importante aclarar ¿qué entendemos por terapéutica, en nuestro campo?

Los efecto terapéuticos forman parte del análisis, ¿qué sería un psicoanálisis en el que nada se hubiera curado? Hay efectos terapéuticos en psicoanálisis, sin duda, pero no es la curación lo que buscamos. Querer la curación del que se dirige a nosotros, no sólo no le ayuda sino que puede tener incluso el efecto contrario, el del empeoramiento de sus síntomas.

Lacan en el S VII dice que el deseo del analista no es un deseo de curar, tampoco es un deseo de no curar, sino que lo define como un no-deseo de curar. El no-deseo de curar del analista no excluye la mejoría sintomática. Por el contrario, el no-deseo de curar permite al analista contrariar el deseo de no curarse que los analizantes disimulan a menudo bajo su demanda de curación. Nuestro objetivo no es la curación aunque la curación se produzca, por añadidura, como decía Freud.

No querer curarlos, no querer su bien, que no es sino una forma de ejercer un poder sobre ellos, como nos recuerda Lacan en la Dirección de la cura, deja una pequeña esperanza de encontrar una buena forma de contrariar la pulsión de muerte. El psicoanalista no dice lo que es el bien ni regula su intervención sobre el bien en contraposición al mal, no es esa nuestra orientación.

Lacan en su intervención "Palabras sobre la histeria", realizada en Bruselas en 1977 afirma: "Lo que hace el psicoanalista, con su acto, es introducir una subversión del sentido", subversión que podemos entender como un cambio de orientación que el analista modifica con su acto. Dicha orientación la sitúa en el punto triple que se presenta como Epsilon: Y.

Los tres vértices de este punto triple son El bien, El mal y Lo neutro. Lacan toma el ejemplo de Hércules, quien habiendo sido encargado por los dioses para realizar una serie de trabajos se ve confrontado en dicha realización con dos caminos, uno le conduce a la realización del trabajo y el otro le aleja de ella. Hércules parte de Lo neutro y tiene que elegir entre El Bien y El mal.

Que el analista con su acto oriente las cosas de otra manera quiere decir que no se refiere al Otro (social, psiquiátrico, etc), para decir lo que es el bien y lo que es el mal. El analista con su acto franquea los límites de todo juicio que distinga el bien y el mal. De este modo entramos en una zona desconocida en la que se plantea una nueva elección, donde no se trata de elegir entre el bien y el mal sino de elegir entre el mal y lo neutro.

El psicoanalista no se sitúa por encima de la ley ni por fuera de ella, su función no es revolucionaria sino subversiva. Consiste en situar su acto, más allá del bien y del mal, entre el mal y lo neutro. Se trata de preservar el lugar de una cierta neutralidad: el analista dice "no" al mal, pero respecto al bien se mantiene neutral, reenvía al sujeto a su propio compromiso con el bien.

El acto analítico es una toma de posición sobre lo que es el mal, lo que supone tener una idea precisa de lo que es el goce que se aloja en el corazón del ser, y al que el sujeto da una forma que le acompaña durante su vida.
Por otra parte, el analista toma una posición neutra respecto a lo que es el bien. El analista es neutro respecto a toda definición del bien que venga del Otro.

Lo neutro designa una zona desconocida que recibe su sentido, no del Otro, sino de lo que el sujeto hace de eso.

Tomar posición respecto al mal, no es prohibirlo sino comprometer al sujeto en una vía donde él se hace sujeto de su propia relación al mal.

Decir "No" al goce, implica decir que "Sí" a la manera particular con la que el sujeto lo trata. La clínica psicoanalítica se orienta por el modo particular que cada sujeto tiene de tratar su goce. No pretendemos prohibírselo con reglas ni domesticarlo con la moral.

El psicoanálisis no aporta ninguna reconciliación con lo que hay de obsceno en cada uno de nosotros, pero nos enseña que es posible volver ese goce más humano.

El mal, el peor de todos, no es una monstruosidad, cualquier monstruosidad con la que nos podamos fascinar. El mal para nosotros se da cuando un sujeto renuncia a buscar un "bien decir" su goce que le sea propio.

La evaluación de los efecto terapéuticos sobre el síntoma, pasa por lo que el sujeto dice de ellos, el primero que tiene que apreciarlos es el sujeto mismo.

Cuando el analista se los atribuye, no lo hace sin que una sombra de impostura intelectual planee sobre él, en razón de que los efectos terapéuticos dependen siempre del consentimiento del sujeto, según la modalidad de su estructura clínica.

El efecto terapéutico en psicoanálisis es indisociable del consentimiento del analizante. ¿ A qué tiene que consentir ? Sobre esta cuestión, la indicación de Lacan es decisiva, pues introduce una inversión en nuestra manera habitual de pensar: "La neutralidad del analista es una subversión del sentido, a saber: una especie de aspiración, no hacia lo real , sino una aspiración por lo real. Dejarse aspirar por lo real no es lo mismo que dejarse aspirara hacia lo real. ¿Cómo entenderlo?

La subversión del sentido que introduce la neutralidad del analista no es sólo un asunto de orientación, esta subversión nos conduce más allá del sentido que permite la diferencia entre el bien y el mal, y nos lleva más allá del sentido mismo. La definición de lo real al cual aspira la neutralidad del analista es la de que lo real está por fuera del sentido.

Dejarse aspirar hacia lo real sería poner lo real como último punto de la experiencia, es decir ponerlo en su horizonte. En ese caso el camino iría del ideal terapéutico a lo real previo. Concebir así las cosas implica partir de una definición predicativa de lo que es el bien para todos y terminar encontrando la manera, siempre limitada, en que un sujeto se sitúa con relación a ese real. Este sería el caso de la Medicina humanista que partiendo de un bien para todos termina dando un lugar a lo particular de cada uno y haciendo de la resignación virtud.

No es ésta la posición de Lacan. Para que la neutralidad del analista no sea una aspiración hacía lo real, es necesario no tomar lo real por un ideal, un riesgo que no es desdeñable en nuestra campo. Dejarse aspirar por lo real introduce aquí una inversión. Lo que cambia es el punto de partida, significa que situamos lo real a todos los niveles de la experiencia, incluido el nivel terapéutico, lo que implica que nadie sabe de antemano lo que es terapéutico para un sujeto.

Por otra parte el efecto terapéutico en análisis implica una verificación que consiste en verificar que dicho efecto terapéutico no desmiente el real que está en el corazón de la experiencia. El efecto terapéutico reenvía al sujeto a su singularidad, y lo que debe cambiar no es necesariamente el síntoma, sino la manera en que el sujeto se implica en él.

Dejarse aspirar por lo real quiere decir dejarse aspirar por los efecto terapéuticos mismos, en tanto éstos producen un sujeto más allá de sí mismo. Los efectos terapéuticos pueden devenir obsoletos, su destino es imprevisible, pero lo que importa en todo este asunto es haber conseguido producir el sujeto que se haga responsable de su relación con "su mal". Es decir tener en cuenta al sujeto que la ciencia quisiera forcluir.

Araceli Fuentes.
Intervención en la Biblioteca del Campo Freudiano de Madrid 28-3-07. Presentación del libro Blanco del Psicoanálisis.