Jacqueline Dhéret, avril 2006
 

 

"ENCONTRAR CON QUIEN HABLAR"

La clínica psicoanalítica es una clínica del síntoma como modo de satisfacción y por esta razón también como tope, límite, cualquiera que sea la edad del sujeto. Sin embargo, Freud tenía la idea de que el síntoma a diferencia de los síntomas se constituía como tal en la adolescencia(1), en el momento en que las ficciones elaboradas por la neurosis infantil perdían, por el empuje de la pubertad, su valor de uso.
Cuando se escucha a los adolescentes, se percibe que lo real no ha tomado todavía la forma de un síntoma singular. Se aprecia que la angustia está lista para encontrar una solución en el actuar y que entonces es fácil abandonarse al imperativo superyóico.
Históricamente se conocen las formas que en esta edad puede tomar el llamado al Otro, que se dirija a un partenaire imaginario o real. Esta convocatoria que es defensa frente a la Cosa tiene por efecto, nos dice Lacan en los Escritos, "de poderla disfrazar"(2). Desde este momento, añade, el sujeto busca "en una intimidación rechazante, la provocación de un retorno que le devuelva al deseo"
El trastorno oposicional se esclarece entonces clínicamente: el peligro es menos lo incívico de la juventud que el retorno de una ley inhumana y feroz que conduce hacia el señalamiento que introduce al acto.
Freud señala en Inhibición síntoma y angustia(3) que el sujeto adolescente está maltratado por un superyó severo y que casi siempre consigue provocar la cólera de los que le rodean. La frustración, dice, muy visible siempre, es experimentada por los adultos que de buena gana se alían con la crueldad del superyó. Esta es la forma, nos dice Freud, que puede tomar la defensa contra la sexualidad a la salida de la infancia
Con mucha naturalidad se dice que la adolescencia no es una edad propicia al trabajo analítico. Quizás, si se lo restringe a la cura, denominada clásica. Pienso, por mi parte, que vale más encontrar un analista que un educador a menos que este último, analizante experimentado, sepa poner en su respuesta la carne, es decir, el deseo. En nuestro lenguaje: ¡poner allí Cien!(4). Entonces puede comprometerse, ya sea en algunas sesiones, en un trabajo que alivie el uso ordinario de la interlocución con su cortejo de recomendaciones, de prescripciones, de consejos, de invitaciones a hablar, impotente a constreñir la pulsión que se satisface siempre. Sin embargo, hace falta el deseo del analista para mover hábilmente las defensas y hacer aparecer, detrás de la provocación o la inhibición, la satisfacción sustitutiva.
Acompañar a los adolescentes supone tener en la cabeza que hay, más allá de la vacilación de los ideales, lo que cada uno constata, una angustia frente al surgimiento de una goce extraño a lo simbólico. La adolescencia nos enseña que lo sexual debe ser sintomatizado por el ser hablante. Las articulaciones proporcionadas por la neurosis infantil no son suficientes ya para aprehender lo que escapa a la estructura de lo simbólico. El capitonado que el sujeto había construido dibuja un más allá de un infinito angustiante.
Con el empuje de la pubertad, el sujeto encuentra la condición de goce que le permitirá o no condescender al deseo. Este imperativo constituye la impaciencia del adolescente, su apetito, que es tratado por el deseo, su embarazo o su angustia.
Siempre hemos sabido que esta edad es un factor de trastornos que puede generar tumultos. Así, los tumultuosos utilizan lo incontrolable para devolver el orden allí donde, en el lazo social, estaba desordenado por las costumbres. La paradoja es ésta: la juventud, revelándose reconstruye los dioses oscuros. Pero más profundamente, la adolescencia es un desafío solitario, afirmación de lo que objeta al principio del placer hasta en sus cruzadas insurreccionales.
Es una edad de la vida que deja emerger, casi sin represión, el eco de la palabra en el cuerpo. Se hace visible y legible que el significante fracasa en encuadrar la pulsión. Respecto de lo que no va, el sujeto lo percibe, y muy a menudo en el desamparo o en la revuelta que no tendrá nunca el buen abrigo. En este sentido, está en soledad.
Esta falla siempre es experimentada como una crisis de autoridad. La objeción hecha a los padres, a los adultos responde menos a un rechazo que a este goce que insiste más allá del principio del placer y que no hace ya de límite con la misma evidencia. Pone al adolescente a prueba de las marcas que le permitirán o no sostener el encuentro con el otro sexo.
Los fenómenos de goce, para ser soportables, deben conseguir anudarse a lo simbólico. Es la apuesta en el encuentro con la adolescencia.
Me gusta conversar con los adolescentes. Tengo afición por la prontitud que exigen, por el esfuerzo de poesía, por la precariedad de las soluciones que elaboran. Sin embargo, nunca he hablado con placer de mi propia adolescencia. Eso se sostiene, creo, en la condición de goce con la que me he encontrado, como cada cual, y por la impotencia del significante fálico a contenerla completamente.
Para poder hacerlo, necesito pasar, ficticiamente, por los recursos que me da la narración.
Para esta joven, el goce había podido ser localizado en el falo imaginario, signo de la castración. Su puesta en juego induce a vivir en compañía, a esperar más de sus pares que de sus padres y de manera general de los adultos. Sus coleguitas, como se decía en el lenguaje de esta generación, le ayudaron a interrogar su condición sexuada, en este caso femenina. Este cuestionamiento contribuye a transformar, por una invención singular, el goce inicial por otro. Han contado mucho para esta adolescente, le han ayudado, con su presencia, a hacer frente al trauma provocado por la muerte de su madre, ocurrida a la edad de 10 años.
Por supuesto, este nuevo goce recubre lo real de la no relación sexual con un fantasma que se deja entrever. Esta adolescente, después de la muerte de su madre, se identifica con la joven voluntariosa que debe velar, como esta última lo hacía, por aquellos que están todavía con vida. Es la misión que ella se da, que implica menos un sacrificio que un incesante trabajo de pensamiento para repartir sus atenciones entre el padre que ama y la abuela materna que ella protege.
A su demanda y porque no se entienden, organiza la vida de tal manera que se cruzan lo menos posible en la casa familiar. Come ora con uno ora con el otro, apacigua cada día los sentimientos de persecución que pueden manifestarse de manera siempre imprevisible y agudiza el oído para desactivar, a tiempo, los conflictos.
Para percibir el alcance de estos enunciados tan simples, hay que haber hecho un análisis. Tenemos el fantasma, organizado alrededor de una identificación paterna bajo la insignia del superviviente y su versión anónima que pacta con la pulsión de muerte: los que soportan el peso de la vida, los que quedan con vida son intercambiables y hacen serie al infinito. Este consentimiento con la excepción, este "sí" al padre, pronunciado desde hace tiempo, pero que toma su forma fantasmática es también apropiado para despertar a los muertos
Es en el cuerpo donde se inscribe entonces, bajo la forma de un grave accidente de la circulación que podría haber sido evitado, a sus quince años, el murmullo de sus ascendientes, desaparecidos o rescatados de situaciones extremas. Ahí el lenguaje se queda corto.
Se tiene el dolor de existir, la ley moral que el sujeto se da, bajo la forma de una pequeña frase propia para sobrepasar el aburrimiento - lleva consigo una languidez, una tristeza, síntomas de jovencita- y la versión del goce que hace ley: poner la oreja, cuidar el frágil deseo de vida de los suyos.

Aquí se dibujan las raíces de una preferencia, la elección de un estilo que el análisis años más tarde permitirá hacer pasar a la vida, aligerando su peso de abominación verbal a los significantes indelebles que este sujeto había encontrado. Ellos daban consistencia a desapariciones sin palabras, sin huellas

La música, mejor que las palabras, es apta para acoger la conmoción. Da cuerpo y voz. Tiene, por otro lado, virtudes pacificantes para el entorno cuando el músico ha adquirido un nivel honroso, como era el caso. La niñez había sido resueltamente llevada por la música, la adolescencia también, hasta el acontecimiento ardiente que testimonia de una afirmación radical de la cual les querría hablar.

La música alivia del demasiado de sentido. Lleva en sí misma una energía inexplicable, vivificante, conseguida no se sabe donde. En la intimidad de esta familia particular, la práctica del violín, a la cual se daba la jovencita, ponía una barrera a la retórica interpretativa que le rodeaba y que se ramificaba sin cesar en reproches y explicaciones incesantes.

En familia, ella tenía la música para rechazar el riesgo del abrasamiento del significante que puede hundir al sujeto en la perplejidad y ser recibido como una injuria cuando no es transportado en la cadena articulada, melódica y civilizadora. Esta disposición implica una vigilancia particular que concierne esa parte del significante que pertenece a la voz, mientras que la frase halaga a la oreja con la continuidad musical que instala. Estamos en el principio del placer.

En otro lugar, ella tenía la música, el conservatorio, los desplazamientos de la orquesta, los ensayos, para seducir y mantenerse despierta. Era su vida.

Sin embargo, detrás de la diacronía significante, conforme a la solución que inventa el inconsciente, se percibe una hiancia. Dirigirse a un Otro inmóvil que no hay que molestar, tiene como retorno la momificación. Se invoca ahí no sin deplorarlo, al ser irremplazable, y para ese sujeto enlutado, al objeto que había venido al lugar del vació de la Cosa. La voz que humanizaba al mundo, que lo hacía legible, se había callado.

La música apacigua pero puede resonar, cuando no se trata de instalar una respiración, como un ruidito que ya no reconocemos. La joven amante de la música empezó a tener miedo de escucharlo en lo que tocaba, a temer ese runrún ahora que el significante ya no se sostenía en la voz que la había hecho vivir.

Curiosamente esta angustia surge después de una conmoción inesperada. Acababa de tocar mejor que de costumbre un extracto de las célebres "Cuatro estaciones" de Vivaldi. Le parecía haber celebrado milagrosos rencuentros, haber vivido en su cuerpo como un llanto que no terminaba nunca. Más allá del carácter alegre y primaveral de la obra, acababa de hacer la experiencia de un goce enloquecedor, experimentado como infinito.

Habría podido anudar esta experiencia tan singular con su reciente partenaire, un joven de su liceo que había sabido encontrar las palabras que había sabido hacer de su encuentro un momento tan decisivo como aleatorio. Ella no hizo nada de eso. Hasta ese momento, había acogido, bastante tranquilamente los recursos de equívocos de la obra musical que permitían las variaciones. Esta vez, las modulaciones amenazaban transformarse en cacofonías. La angustia y la inhibición venían a su encuentro.

A posteriori, el análisis permite decir que el joven había puesto en desacuerdo, a causa de su apresuramiento, la solución por la música. Durante una noche, ocho días antes de disponerse a recibir el premio del conservatorio, eligió dejar en su estuche, que nunca más abrió, el violín que la había procurado tanta felicidad. Eligió, versión femenina del sacrificio, abrir un nuevo capítulo, aquel iniciado con el joven. Esta decisión, que no iba en contra del orden publico pero si de la paz de las familias y de los conservatorios, fue en ese momento considerada como lo que ahora se llamaría un ¡TOP! En el lenguaje del sujeto diremos que se trata de un desafinado. Otros vendrán...

Los adolescentes que buscan con quien hablar, a menudo lo hace por un mínimo detalle, por una decisión fulgurante e imperativa que se les presenta inaccesible y que la experimentan del lado del horror. Es en el vació del Otro donde el sujeto debe construir su solución. Los adolescentes no pueden decir nada de ello pero lo experimentan. Nos hacen medir cómo la transferencia inscribe la realidad sexual del inconsciente. Hacen de cada encuentro, según la expresión de Freud, un trozo de vida real.

En la adolescencia vemos que el síntoma no es respuesta por la transmisión sino más bien por la marca y la contingencia. Se trata entonces de producir lo que vendrá en el lugar de un No hay para soportar ese exilio de la relación sexual que es el encuentro con lo femenino para los dos sexos.

La adolescencia es para las jóvenes soportar la angustia del No-todo y de la ausencia, amueblar el vació con pequeñas conversaciones alegres. Esto supone que en un punto sea sostenido el silencio para que el sujeto pueda corregir esa forclusión del significante de la mujer.

Eso ayuda, en efecto, a encontrar en el camino, casi por azar, una presencia viva, comprometida, que sea también abstención con respecto a los ideales.
Así ocurrió para esa adolescente escuchada recientemente en un programa de France Inter, el sábado por la mañana. El reportaje estaba dedicado a los barrios del extrarradio y a iniciativa de la municipalidad: desde hace 15 años, en los locales del ayuntamiento, un psicólogo que los jóvenes del barrio llaman familiarmente con sus iniciales, PH, recibe adolescentes y familias que se dirigen a él. Esta joven explicaba que había sufrido tales crisis de angustia que tuvo que ser hospitalizada. Cuando salió se fue a hablar con PH . « ¡Substituí a HP(hospital) por PH ! »

Y él, ¿qué es lo que dijo humildemente pero con firmeza?: « Cuando se quiere trabajar con jóvenes, no hay que tener prejuicios. Es mejor estar formado en psicoanálisis, es decir, haber sido analizado durante un largo tiempo »

Traducción: Carmen Cuñat y Mariam Martín

 

   
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